martes, 11 de septiembre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos



Confidencias de la escoba y el mechudo

En realidad, ella no ha sido la única afanadora de que disfrutan las escaleras de este edificio, pero se convirtió en la más constante. Cuando llegó, no había conserje y El Anciano que se Ostentaba Como Dueño era quien, de vez en cuando, trapeaba y barría. Después vino una señora con el cargo de portera, que apenas podía con su grasa corpórea, en virtud de lo cual se echó para atrás ante la idea de acarrear cubetas de agua cada dos pisos, y las pobres escaleras agarraron un tono grisáceo que iba oscureciéndose a medida que bajaba uno de nivel, como vestido degradado. No llegaron a ponerse color de hormiga, pero se estacionaron un buen tiempo en el gris rata. Fue cuando aparecieron, escritos en dos peldaños, unos letreros:

Atentamente:
yo fui el que te robó tu estéreo, pendeja.

¡Ojalá y te agarren, criaturita de albañal,
anda a robarle a tu chingada madre,
que no te supo educar!

El que escribió atentamente leía el segundo letrero y no podía caminar. ¡En su vida le habían dicho que era una criaturita! Sintió bonito. Estaba ahí, regocijándose, sin importar que lo consideraran digno de un albañal. Subió los dos escalones de una zancada, como si tuviera miedo de estropear la palabra criaturita, ¡dirigida a él! La Vecina de Todos Ustedes, Menos Mía se lo encontró, alelado, acariciando las letras con los ojos. Lo miró de arriba a abajo y poco faltó para que siguiera estrictamente el protocolo perruno. Es decir, que no le faltaron ganas de aventarle tierra, pues solamente los animales pagan la hospitalidad con rapiña. Lo más enojoso de todo, era que nunca más volvería a ver su estéreo.


La Afanadora Constante, al mismo tiempo que pasaba la escoba y el mechudo, repasaba también con los ojos aquellos caracteres y concebía la idea de que era una privilegiada. Al ver cómo iba cediendo el enojo a la acción del detergente, podía decir que era testigo presencial de que en esta vida se borran los recuerdos. Cada semana las letras se fueron difuminando, hasta que el mosaico blanqueado mostró algún puntito rebelde por ahí, como una cicatriz que poco o nada va a significar para aquellos que habitarán el lugar después de los funestos sucesos; pero, para ella, era la señal indiscutible de que las escaleras están vivas, y, aunque no hablen, los objetos ahí depositados son verdaderos recados que no necesitan palabras, partes de un rompecabezas que van embonando hasta que llega a tenerse el cuadro completo, tan claro y limpio como esos peldaños cuarteados. Gracias a ellos, La Afanadora Constante supo, como ya sabían todos, que la vecina robada se estaba desgañitando, porque no hallaba, en ningún libro de cocina, la receta del postre alvaradeño, pues alguien le había sugerido que ofreciera ese platillo en desquite a la persona que le dejó el aviso. ¡Si, por lo menos, supiera dónde se vende el Baño María! De los rincones salían, al llamado de la escoba, listoncitos hechos nudo, bolas de tela con alfileres, polvos blancos: sal o azúcar; tierra, cabellos, envolturas de dulces, los pedazos de una carta.
        
Un día encontró tal regadero, pues parecía que algún apache arrancó a destajo cueros cabelludos en la tertulia del tercer piso. Y sí. El pleito fue tan sonado que llegó la policía y el que dejó el recadito en la escalera de arriba, se fue a esconder unos días y se respiró la paz. La Afanadora Constante limpiaba, volvía a limpiar y, mientras tanto, a su mente acudían las ideotas que le daban los recuerdos de una niñez infeliz: se le apareció su madre cuando Aquel Recaderito se presentó en la vivienda y amenazó con golpearla, si no limpiaba las heces que algún gatito dejó en las escaleras. Pero ese tal gatito ni era propiedad de ella, sino del escribidor. Cuando empezaba a trapear, comenzó a escuchar los gritos de la autora de sus días: ¡Inútil! ¡Para eso habías de ser viva! ¡Mira cómo me tienes la casa! ¿Crees que con unos pinches cubetazos que avientas ya hiciste el quehacer, pendeja? ¡Ay de ti si esas manchas no se quitan, cochina! Un extraño paliativo eran tales remembranzas, porque servían de motor para acabar la faena.


¡Años habían transcurrido! Ya no tenía la desgracia de encontrarse al recadero y hacía todavía más años que esas voces maternas no eran una realidad. Pero ella seguía insistiendo en limpiar los recuerdos y, en la espiral hacia abajo que implicaba la trapeada, volvía a escuchar a su madre y contemplaba a su hermana. Mucho más dócil y también más demandante de un reconocimiento por parte de esa tirana que nada más pudo dar un poquito de dulzura al primogénito, al varón. ¡Pobre Alejandro! Por eso murió de un coma diabético. ¿De manera que las armas que nos daba para defendernos en la vida eran estas? ¿Saber barrer y trapear? Eso quiere decir que a Marilusa y a mí nos estaba entrenando para que fuéramos sirvientas, pero además, sirvientas de ella. El efecto de estas reflexiones era más contundente, si, en ese justo momento, alguna costra cedía ante los golpes del cuchillito sin filo que era parte medular del instrumental de trabajo. Entonces podía fantasear con ser una gran arqueóloga, incluso creerse diosa o aventurera en una novela. Era la gran heroína que penetraba aquel Hades y se apropiaba de huesos, cenizas y todo vestigio servible para explicar su presente. No ha dejado de ser dura la pobreza. Ella enfermó a mi madre y me engañó. Me prometió libertad. Me aseguró que no estaba reñida con la limpieza. ¡Y es menos trabajoso fregar ocho pisos de escaleras que el cuarto donde vivo! ¿Más vale ser pobre, pero honrado, que rico y ladrón? Pero aquel vecino confeso no era rico. Ninguno de los habitantes del edificio era dueño de más de mil pesos.


La Afanadora Constante ha podido confirmar que en reveses de fortuna, todos enseñan el cobre. Al exprimir el mechudo, el rostro de Guadalupe, la pareja del borracho, con un resplandor de espuma y unas burbujas grandotas que hacían de manto sagrado, se le apareció de pronto y le advirtió, una vez más, que iría a la delegación y la acusaría de locura, porque su excelso marido no podía estarla hostigando. Después, al cambio de agua, otra vez La Guadalupe que llegaba a despedirse con su cara de tristeza por los años que se fueron y todas las pertenencias que su ejemplar concubino le obligó a dejar atrás.

En eso, alguien que llegaba y le decía con permiso, la sacaba del recuerdo. Pero se volvía a meter, porque se preguntaba qué tenía de semejante esa mujer arruinada, con ella misma, de joven, cuando su madre le dijo que, si quería irse de casa, tendría que ser con lo puesto. Los lugares donde vivimos reproducen las raíces, los usos y las costumbres del medio en que se nació.
       
El sonido de la puerta cuando alguien metía la llave, la remitía al chasquido del cordón que escuchaba cuando niña, que le indicaba que había olvidado pasar el trapo de sacudir por debajo de un adorno. Se confundía con el ardor punzante en cualquier parte del cuerpo, que horas después luciría con sendos rayones negros.

Lo mismito sintió cuando El Ginecólogo Astral salió, pistola en mano, a reclamar airado por el ruido que le hacía con mover el trapeador. Sabrá Dios cómo escuchó el drogadicto el ruido de la escoba y el mechudo, ¡para saber cuál fue la percepción del mariguano que hasta se puso en alerta, solo porque chocó el jalador con la reja de su entrada! ¡Muy valiente con una vecina indefensa, pero un manso corderito ante sus compinches, que seguido lo madreaban y le ajustaban cuentas! El caso es que se la pasaba oyendo serpientes y ese día salió decidido a matarlas.

 
La Afanadora Constante le dio la espalda al vecino para olvidar ese miedo, para que nadie lo viera, pero él cortó cartucho. Dos días después, una comisión encabezada por El Campeón de Levantamiento de Tarro, se apersonó en casa del tal por cual Ginecólogo, para reclamar.

Ponte a pensar, maestro, –decía y manoteaba El Campeón–, nadie más lo hace, ella era la única que las limpiaba. A ver, ahora, ¿quién lo va a hacer? ¿Tú? ¿La pendeja de Ardelina? ¿Vas a poner a tus amigotes a que lo hagan? ¡Mira nada más! ¡Pinches escaleras!

A La Afanadora, después de reconfortarla y volverla a convencer de que siguiera limpiando, le explicaron que el arma era de juguete, que nada había sido real. Para sus lindos vecinos, aquello no era importante, pero la angustia vivida y la orfandad que sintió no fueron una ficción. Ella aguantaba la vara. Vivió un ambiente malsano y, aunque no estaba contenta o tal vez creía no estarlo o ni sabía cómo estaba, aceptó su realidad y aceptó el trabajo duro. En su casa hubo locura, del mismo modo que ahora: en este viejo edificio, no hay dueño que ponga un orden, ni portero que lo ejecute. En el caos de la familia el que tenía más saliva, pues tragaba más pinole. Y en el del edificio, había que moverse mucho porque no era conveniente salir en todas las fotos. Lo entendió La Afanadora cuando llegó de la chamba y estaba todo vacío. No se escuchaba ni un alma. De pronto, el murmullo desde abajo. Sin entender qué decían fue distinguiendo las voces: El que no Rompe ni Un Plato, los gritos de Don Mongelio, los comentarios hirientes de La Acarreadora de Chinches, ¡y La Ricachona de Aquí!

Reunidos en el garage, todos estaban atentos al discurso de unos cuates que les fueron a ofrecer ayuda para cambiar. Los Políticos de Quinta que no Eran Conocidos ni a Dos Cuadras de sus Casas hablaban con entusiasmo de irse a manifestar, asistir a los plantones, hacerse oír del gobierno para que les dieran casa y una vida mejor. Acudieron al llamado de uno de los vecinos que iba a esas reuniones de los partidos en pugna, de la polaca en chiquito. Ahí prometen al que llega, que tendrá más de una casa si ayuda al lidercillo a conectarse con gente a quien llevar de acarreada a mítines, peloteras, servir, en fin, de paleros, a ver si en algunos años ya viven con dignidad.

Los Políticos de Quinta hicieron dos gestioncitas y una legión de ingenieros del gobierno del Distrito fue al edificio con la encomienda de tomar medidas y fotografías del estado que guardaba ese lugar, lo cual le dio a La Afanadora oportunidad de entrar a casa de sus vecinos y se sintió transportada al cuchitril de su hermana.

 
¡Tampoco a ellos les lucían sus espacios! ¡Hacían falta cobijas en las camas! ¡Tenían un solo grifo de agua para abastecer necesidades de baño y cocina! ¡Desconfiaban hasta de su sombra! ¡Esos departamentos, de los que tanto presumían, apestaban a mierda y orines de sus mascotas, igualitito que allá!
       
Mientras bajaba las dos últimas cubetas de jabonadura para fregar en la planta baja, La Afanadora Constante sintió por un momento que no llevaba esa carga, sino su mochila de todos los días, cuando salía a trabajar, y volvió a ver Al Hijo de Aquella Señora de la Grasa Corporal, incómodo mensajero para Alguna Vecinita que Pidió Guardar Silencio por la muerte del anciano que ya no podría decir que era dueño del lugar.
        
Esa noche hubo fiesta en la azotea. Había sido una mala persona. No tenía amigos. Nadie lo quería en el barrio. Los habitantes bailaban al son de las cumbias. Y la espuma crepitaba a los golpes de la escoba.

La Afanadora Constante no tomó la decisión que la podía haber salvado de toda aquella molicie. Se quedó en el edificio porque no tenía dinero para pagar la mudanza, mas tampoco lo tenía cuando era una jovencita. Por su libertad dejó no solo sus bienes, sino también a su hijita. Exactamente como un trapeador por el suelo, pasó por su mente que aquel cuartucho era de ella, que era su golpe de suerte. Esta vez no renunciaría a lo suyo. Hoy le daba más valía defender su lugar en el malhadado edificio, que si hubiera luchado ayer por un sitio nada honroso en su enfermo sistema familiar.







lunes, 10 de septiembre de 2012

Las fiestas "parias", una crónica irreverente


Celebradas el 15 y 16 de septiembre de cada año, en el 2009 estuvieron adornadísimas por la amenaza de influenza, la crisis económica y la certeza de que en realidad no hay ninguna independencia qué festejar. 

Cuando era niña, el grito era más patriótico: los gachupines se encerraban en sus casas a mascullar. Ahora ya no sueñan con recuperar América, la están comprando y nadie piensa en matarlos. 

Por las calles desfilan charros negros -de mugre o de coraje-, Adelitas, chinas poblanas y émulos de Morelos con sendas panzotas que antes eran de pulquero, pero hoy son producto de las comidas chatarra. ¡Hasta nuestras lonjas han perdido la mexicanidad! ¿Quién sabe algo del Cacique Gordo de Totonacapan? ¿Quién se imagina la impresión que se llevaron Cortés y sus soldadotes cuando vieron semejante obesidad? ¡Ni quien recuerde tal pasaje de la historia! ¡Si con trabajos leemos El libro vaquero, no vamos a andar perdiendo el tiempo con Bernal Díaz y su Verdadera Historia de la Conquista! Lo más triste de todo, es que esos gordinflones que se pintan la bandera tricolor en las mejillas, no engordaron porque aspiraran a parecerse al rey gordo, que quizá sería una sílfide al lado de muchos rotoplaces modernos.
Don Angostín, en cuyas manos estuvo el dinero del país, ¿tendría conciencia de que fue el Cacique Gordo de la actualidad? Para los que pagamos impuestos, era más fácil darle la vuelta que abrazarlo, aunque esto último hubiéramos querido hacerlo con “s”. Hubiera habido carnitas para muchísima gente. 
A unos cuantos días de festejado el 199 aniversario del grito de Dolores, se añadió a la lista de personajes un par de loquitos que probablemente se sintieron reencarnaciones de Hidalgo y Allende. Profetizaron que vendrán terremotos, hambrunas, sequías y grandes calamidades. Querían avisarle al Presidente. En el nombre de Dios, uno secuestró un avión y el otro balaceó gente en la estación Balderas del metro, después de haber hecho una pinta al estilo de “…tu crianza fina, tu índole y estilo amable…”. Por lo menos esos dos hicieron lo que debió haber hecho el Padre de la Patria: llegar a la Ciudad de México. 
El miércoles 16, nuestro glorioso ejército desfiló en el Zócalo. Demostró fuerza y determinación para defender la soberanía del pueblo. Los pilotos militares tomaron providencias para que no se estrellara alguna de sus carcachas en plena festividad, como el día del avionazo en Paseo de la Reforma. Sin embargo, un paracaidista fue a dar contra el parabrisas de un carro. ¿Podía faltar acaso la versión moderna de aquel Niño Héroe que se envolvió en la bandera antes de aventarse al precipicio? Al pueblo, pan y circo. Así obrarían los gobernantes justos, pero estos que tenemos han hecho más circo que pan, ¡y son panistas! 
Con todo y crisis, se hizo un espectáculo de luz y sonido que debe haber costado unos cuantos miles de pesos. Aquellos que pudieron presenciarlo se quedaron tan extasiados como el Cura Hidalgo allá en el Cerro de las Cruces, contemplando la ciudad sin atreverse a tomarla.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


Acrobacias del asfalto

Uno
Todos los habitantes del edificio tienen mucho en común. Este lugar es donde han estado más incómodos y hostilizados, aquí han sido peor tratados y es donde más han durado. Si se pudiera pensar que el edificio les cuenta a sus inquilinos historias y más leyendas de aquellos días de abundancia, podría explicarse por qué un orgullo mal entendido ayuda a los miles de argumentos que esgrimen consigo mismos, los miembros de esa comunidad, a la hora de pensar en abandonarlo.

Bien quedaría entonces dejar escrito que aquí existen los apegos de cabreanza, en lugar de los aperos de labranza. Es decir, que los habitantes se ocupan en rumiar pendencias de antier y no en tener un oficio, o, quizá, mejor sería especificar que aquellos que se precian de ser diligentes, se desgastan en labores pesadas e inútiles como lavar ocho pisos de escaleras, escombrar y dejar los trebejos en el techo del vecino, poner gruesas estacas de piso a techo que estorban el paso más de lo que apuntalan. Todo eso en el intento de que el edificio no se haga escombros de un trancazo, pues, cual señora temperamental, amenaza con eso tantas veces como llega un temblor, pero no se cae, se ladea. Como si tuviera conciencia de las vidas que alberga, permanece recargado en una de sus cuatro esquinas. La gente ha llegado a compararlo con un padre o una madre que nunca habla en serio, físicamente fuerte, un superhéroe que los cobija y protege como Dios a sus creyentes.

Lejos quedaron aquellos días en que ondeaban sobre el heroico aluminio de la entrada las banderas de España, Argentina e Israel. Acababa de morir Francisco Franco y La Madre del Anciano que se Ostentaba Como Dueño hacía entrega de las llaves de una suite a Los Diplomáticos Madrileños que Firmaron Contrato de Arrendamiento.

Esa vez, como un presagio de lo que más adelante sería el edificio, sopló un ventarrón y se rompió el asta que sostenía la bandera de la estrella de David. Estuve a punto de quedar sepultado bajo el lábaro, pero pude refugiarme en la jardinera, bajo La Sábila, y desde ahí contemplar la rebambaramba. Hubo comentarios un poco subidos de temperatura. En otras palabras, con varias sesiones de dimes y diretes en el pasillo y el elevador, se conmemoró la vez que los reyes católicos echaron de sus dominios a los creyentes de la fe mosaica. Eso nada más para que no olvidemos que en todos lados se cuecen habas.

Todos los habitantes aseguran haber visto la pelotera del día que llegó la policía para separar a los rijosos españoles e israelitas, que, aún camino a la demarcación, iban recordándose la progenitora. Nunca se supo si uno de los argentinos había sido el embijador, pero El que no Rompe ni un Plato presume, hasta la fecha, de haber escuchado cómo se dice “chinga a tu madre” en yidish. Y convencería a mucha gente de la veracidad de sus cuitas, si no fuera porque La Vecina de Todos Ustedes Menos Mía lo echa de cabeza, al aclarar que llegó a vivir al edificio al mes de que ella se cambió, y que ni cama tenía, o sea, que de mucho departamento y dormía en el suelo, como animal. Entonces, el hombre se defiende inventando que llegó recomendado por Cantinflas, para servir de chofer a uno de los más chipocludos de Televicentroy que el patrón, por su lealtad, lo premió dejándole el departamento que ahora tiene. Quienes lo escuchan se mondan de risa, pero a sus espaldas.

El día que murió El Anciano que se Ostentaba Como Dueño, el aluminio del zaguán fue el primero –por no decir el único– en celebrar un duelo: se zafó de un lado al primer empujoncito. Después de que se hiciera añicos el cristal, demostró que no soportaba el peso absolutamente de nada, por lo que, al ponérsele unos tornillos, se tomó la opción de que permaneciera la puerta sin vidrio. No obstante, los vecinos quedaron de acuerdo con que a los rateros de la calle no se les iba a informar que en realidad no había puerta. Así las cosas, metían las llaves a la chapa y abrían y cerraban el marco, guardando la costumbre, pues, ¿qué mejor que aparentar que tenían el zaguán más limpio de todos los zaguanes de la cuadra?




Dos
Si tomamos en cuenta que se construyó en la década de los sesenta, es como una casita de papel, ¡no le ha tocado más que el terremoto del 85! En su época, mostraba el último grito de la moda arquitectónica; pero, cuando dejó de ser un lugar de polendas, para convertirse en vecindad, más o menos aceptable, todos los detalles que antes fueron percibidos como de gran belleza, resaltan ahora para acentuar la fealdad.

El aluminio de la entrada, delgado y color oro, parece que conserva su aspecto desde que el edificio quedó terminado; pero, al acercarse, es notorio que ha recibido toda clase de talladuras: con lija, con clavos, segueta, en fin, no le habíamos metido cizalla porque.., ¡pues porque a veces los seres humanos somos… somos perezosos! ¡O güevones! Para decirlo como lo dirían los pelados éstos. Y no reparamos el marco, en realidad, por tacaños. Finalmente, le apostábamos a que los nueve escalones que sirven de acceso hicieran su trabajo inspirando flojera en cualquier intruso que deseara aventurarse.

Los dichos escalones son, hasta el presente día, utilizados como banca de descanso por algunos transeúntes, en cuya presencia quedó destrozada la ilusión de la puerta diáfana. Una tarde, salió un perrito french poodle, que por su condición canina y por la urgencia que tenía, se abstuvo de abrir como era debido y saltó hacia afuera para hacer su necesidad casi en mi falda. Yo estaba ahí, con el hombre que amaba. Aunque eso nos cortó la inspiración, fue necesario encontrar, esa misma noche, a unos jovencitos fumando mariguana, encerrados en lo que había sido el elevador, para que, de inmediato, se pusiera una hoja de fibra de vidrio que ya no se rompe, que no es tan pesada pero que desentona con la estética.

Lo que realmente desentona con la estética somos nosotros. Bueno, en realidad son ellos. Yo dejé de vivir ahí. Puras envidias porque soy la única de todos ellos que tiene categoría.

En sus años mozos, el edificio no solo fue morada de embajadores, también artistas renombrados y alguna que otra prostituta de altos vuelos tuvieron el honor. El terremoto los ahuyentó y atrajo a la gente de hoy: personas de armas tomar, algunas, de plano, delincuentes, que, sea como sea, calientan la construcción. El agua circula por sus tuberías oxidadas y la luz por los alambres desgastados; los cables telefónicos palpitan una y otra vez: ¿qué importa si eso se logra con una señal robada? Tiene vida y la agradece, como el anciano que se siente reconfortado con una taza de caldo de pollo.

La fachada muestra el paso del tiempo en los balcones que, semejantes a la puerta del zaguán, no tienen el vidrio que antes les daba aspecto ultramoderno y lujoso. El número que indica la ubicación en la calle se ha caído, así como el letrero labrado en piedra, del que solo quedan las palabras: “Suites ejecutivas”.
        
Las escaleras parecen recuperar lozanía cuando les pasan cualquier artefacto de limpieza. Casi de caracol, suben y suben pisos en una espiral que quiere llegar al cielo, pero lo más que ha alcanzado es el color de las nubes. Ahí estuvo mi casa. Con esa gente de arriba nunca me pude integrar.

Aquellos de la azotea –decía la gente de abajo–, son personas irascibles. Y así era. Mirábamos retadores a los ojos altaneros de la gente vanidosa, los felices poseedores de sus inmundas pocilgas que le han quitado a sus casas, en forma definitiva, la categoría de suites, pero bien que nos miraban con la barba sobre el hombro y se referían a nosotros con palabras hirientes, como si fuéramos seres inferiores, animales con aspecto humano que no acababan de admitir que estaban ahí para servirles, porque ellos son los de los departamentos, los dignos, los que gozan de aquellos mismos espacios que alguna vez disfrutaron los prominentes de este país.






domingo, 15 de julio de 2012

ADRIAN – AGRIANA


Buenas noches, -dijo, echando hacia atrás la blonda melena, enfundada en aquel vestido negro, escotado, con elegantes mitenes. La boquilla larga se posaba de vez en cuando en los labios estrictamente delineados en rojo, y al calor del tabaco, entornaba los párpados azules de rizadas y abundantes pestañas. Estaba increíblemente hermosa.
Me llamo Adrián, pero me pueden decir Agriana. Esta es mi primera noche en mi nuevo estado. He llegado a la meta: por fin tengo una cara qué pintar, unas piernas qué enseñar, y unas nalgas qué prestar. Es maravilloso ser la encarnación de una mariguanada colectiva: la mujer siempre depuesta, ¡perdón! dispuesta, que no envejece, no se enoja, no se embaraza, no nada, porque es recatada. Realmente, es estratégico tener la posibilidad de presumir de Power Ranger y al mismo tiempo, desmayarme o echarme a llorar por cualquier cosita. Es lo más padre de la liberación femenina.
Cuando era Adrián, tenía miedo de quedarme calva, ¡ahora, hasta me pongo mis moños de vez en cuando! De chiquito, mi papá quería que fuera luchador de zumo: ahora voy a ser multípara: estoy juntando para ponerme un horno de microondas o ya de perdis un hoyo Express, y tener los bebés en nueve minutos, no como esas pinches antiguallas que se tardan nueve meses, ¡con razón hasta el trabajo les quitan! La vida es así, -chasqueó los dedos- rapidito y de buen modo, ¡flojitas y cooperando, nunca será suficiente!
Todavía la semana pasada, no podía quitarme el saco en el metro porque me confundían con ratero: ahora, todo mundo me quiere esculcar. Antes, era sólo la parte inservible de un pene, mataba el tiempo jugando dominó con mis amigos y me lavaba el cerebro leyendo Playboy; ahora lo sacrifico, leo con fruición Bárbara Cartland y puedo ser monja, casada, virgen y mártir, según conveniencia; la de él, no la mía.
A él lo conocí hace dos años, tenía una novia que resultó casada. No sabía que yo era el sancho hasta que él apareció y pasé a ser la otra. En ese momento, decidí mandar mi historia a Marie Claire, para ver si me iba a París de Luna de Miel. Mientras me imaginaba en las primeras páginas del jet set, me propuse usar Playtex con orgullo y hacer votos de obediencia, pobreza y castidad: no cumplir promesas, ni deberes, ni años; no tener hijos, ni amigas, ni dinero; no contar chismes ni contar con nadie, hasta que él me dé la certeza de que el mundo puede cambiar.
Valió la pena: ahora he podido encontrar el sentido contrario de la vida: con él he conocido lo voluptuoso de tenderme cuan larga; con su ex me tendía, pero más bien como bandido.
¿Saben? En otro tiempo, era chapado a la antigua: me escarbaban tantito y salía todo el cobre. Ahora soy una mujer liberada; en las mañanas, transito por el mundo del trabajo bien vestido, mal pagado, trashambrido y maquillado. Por la noche, pulverizo una píldora anticonceptiva con las rodillas en lugar de tomármela y hasta sueño con llegar a ser violado por un ovni Ya no hay príncipes azules y además, con esta facha, como no sea un marciano, nadie más se va a fijar en mí. Yo quería operarme en Houston, pero sólo hubo dinero para el Seguro Social. Me tengo que conformar con parecer Marilyn Monroe si hubiera llegado a vieja.
En fin, ahora que ya dejé los riesgos del Prestobarba, que logré sacarle la vuelta al cáncer de próstata y no tendré que hacerme ninguna mamografía, que puedo despernancarme igual con falda que con pantalón, he decidido hacer obras de caridad: levantar del arrollo a todas esas fans de la marginación, convencerlas de que la mujer no nace, se hace...
No pronunció la palabra “Buey”, pero la dio a entender balanceando las manos a los lados de su cara, y sacó la lengua como si fuera un niño con síndrome de Down; el delicado manicure de sus uñas nacaradas le agregaba obscenidad a la seña.
Quiero persuadirlas para que vayan a sus casas a darles de comer a sus bebés con gotero o con embudo, que empiecen a formar gente entrenada en las diferentes modalidades del tehuacanazo: gente templada, que sea capaz de aguantar vara con los judiciales, hambre con los empresarios, guerra con los granaderos, peste con la planta, de Jumex o de Pemex, no importa si muere estoicamente de sida, ébola, influenza, ¡tantas oportunidades que hay ahora para el ser humano! ¡No mueres porque no quieres, ni vives como tú quieres!
Ahora que puedo ver el amplio horizonte de mis nuevas congéneres, me gusta cómo utilizan el tiempo defendiendo el derecho de una ama de casa a trabajar de sirvienta; a eso le llaman ser feminista. ¡Ay, amigas mías! ¡Por favor, yo sé lo que les digo! Imiten a los hombres; cásense tarde, muéranse pronto, y la fuerza del Soldado Desconocido, la astucia del Judío Errante, y la prestancia del Charro Negro, estarán con ustedes.
En fin, como a la tierra donde fueres haz lo que vieres, seré pionera del narcotráfico y después de chingarle el numerito a Camelia la Texana, me volveré a operar para ser piloto, de boiler; el fuego interno nunca se debe apagar.
Realmente, no hay mucha diferencia entre llevar los pantalones y tener las enaguas bien puestas. Cuando se trata de fajar, lo mismo da que sea el cinturón que las pantaletas.
Mi papá decía “la mujer tiene la fama, y el hombre la mercancía”. Nunca entendí a qué se refirió, pero ahora soy juez y parte: ya compré toda la fama –se palmoteó los senos- la mercancía, está acá atrás. –se dio una nalgada en el amplio trasero cubierto de lentejuelas- ¡Bye, bye! –y se fue, seguida de los reflectores. Por todos lados se escuchaban aplausos.


martes, 26 de junio de 2012

Gladiador a la española


(dedicado a Rafapal)

Rigor solar, aridez. El hombre de turbante blanco, rodeado de automóviles, pancartas y aparatos de sonido, jugaba a predicar en el desierto. Lo femenino ausente, motivo de su querella, empezaba a rebelarse hasta acá, del otro lado. Del charco y de la pantalla.

Con la izquierda sostuve el audífono. Con la diestra, moví el mouse para que la imagen durara veinte minutos más. Besé con voracidad cada palabra salida de su boca: Al sistema le interesan los eunucos…  La testosterona es insumisa, por eso dicen que es mala, y como yo no quiero ser de los malos, ¡pues me hago mariquita!... ¡Nos han jodido!...  Cuanta más homosexualidad hay, peor están las relaciones entre hombres y mujeres… así que adiós, voy a meterme en el armario…

En las pancartas, destacaba el anuncio de una empresa que no llegó a constituirse por problemas entre los socios: Demoliciones Bu$hladen, S.A. Los cuatro vientos leyeron que Es el año 007 de los Iluminati, Bilderberg… Gracias al terrorismo, la pobreza no es problema… y como los cuatro vientos nunca soplan donde es pertinente, no tuve cabeza fría, no entendí  por qué, gracias al problema, la pobreza no aterroriza, ni aterriza…

La progesterona tampoco es dócil.  Asistí al hecho porque quise tener entre las manos esas mejillas impecables.  Busqué reflejo en los ojos tristes, fuertes, escrutadores. Ya no pude tener ni una duda cuando quise adivinar su olor, me vi acariciándole el cuello y conté, como si fuera un rosario, los eslabones de la cadena que sostenía su dije.




 Click del mouse. Enfundado en un abrigo gris y unos gruesos pantalones negros, el hombre del turbante blanco había pasado a ser de la boina roja. Pensé en un gorro frigio. Y tuve la frivolidad de traer a la mente una música de zarzuela, mientras en el vídeo, toda la gente marchaba en protesta por el 11M.

Por la calle de Alcalá/ con la falda almidoná/ y los nardos apoyaos en la cadera/ la florista viene y va/ y sonríe descará… se confundió con los gritos ¡NO FUE LA ETA, LO HIZO LA OTAN..!

Una vez más, me di banquete de palabras: Pues yo soy Rafael Palacios, me conocen como Rafapal en Internet, y bueno, hoy es el día que la derecha y la izquierda se unen, en este caso en España, para decir qué es la verdad de qué es lo que pasa con el terrorismo… El buen mozo no me ve, ni me dice venga usted a ponerme en la solapa lo que quiera…

Otro dedazo. Sin gorra ni turbante, en su palacio, tal como dijo la reportera que lo entrevistó, parecía un rey. Con ropa cómoda, de invierno,  sentado con las piernas cruzadas, en una posición de yoga cercana a la flor de loto, amenazó con levitar por encima del sofá.  Entonces, decretó: Cualquier dios que se diga como tal y que solo sea dios para un cierto grupo de personas, ontológicamente no puede ser el dios verdadero. Flechazo. Directo y a la cabeza. Hice a un lado cualquier pensamiento de celos. ¡No era yo la mujer que estaba sentada a su lado en el vídeo, y punto!

Hay algo de verdad en lo que escuché de la fobia al sexo opuesto. Y a las jerarquías. Pero más enseñaron con sus cuerpos. Ella, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, avanzó en el diálogo con su muleta de cambiar un poco de tema, y ya para terminar un poco, y el micrófono, como la florista de Alcalá, iba y venía. La reportera hurgó en el ambiente con la mano libre. Hizo juegos malabares y encontró nuevas ideas para seguir conversando.




Mi amigo el mouse, me llevó a otro sitio. Una entrevista del hombre de mis deseos a un argentino raro. El único humilde que debe existir. Rafapal formuló la primera pregunta para José Luis Parise: Bueno, eh… estamos en el dos mil once… el dos mil diez fue el… yo creo, el Año Nassim Haramein en las redes de conciencia…  del planeta, pues apareció ese… ese ser, con esa cantidad de información a caballo entre la ciencia y la mística y… bueno, aquí como en el mundo, digamos…

¡Nassim! ¡Haramein! Dos palabras que me sonaron a clave, ¡del árabe o del hebreo! Las conversaciones entre hombres suelen ser herméticas y las mujeres, a menudo, tenemos que violar el hermetismo.

La entrevista, pese a estar publicada en Internet, era muy íntima. Tuve la sensación de estar escuchando detrás de la puerta algo que no me correspondía. Es delicioso oír hablar a los hombres. Y doloroso aceptar que nunca han departido con nosotras con ese mismo respeto.

 Nassim Haramein es un fisicomatemático suizo que da conferencias por todo el globo terráqueo acerca de fractales, geometría analítica y todas esas cosas por las que me reprobaron en preparatoria. Él habla de átomos y física cuántica como si estuviera dando una función de comedia stand up.  Si los profesores fueran así de divertidos, no se si a todo mundo le gustaran los números, pero estoy segura de que nadie reprobaría.


La entrevista Parise-Palacios transcurrió serena. Rostros complacidos, sonrisas, interés mutuo, cercanía emocional. Ambos narraron anécdotas de sus respectivas iniciaciones en el camino del conocimiento esotérico. Tuvieron encuentros significativos con animales. José Luis con un toro y mi amor platónico, en su viaje a La India, con un mono que se comió la punta de uno de sus zapatos. Empecé a imaginar dónde le hubiera dado a él la mordida, de haber sido yo ese animal.

Cambió la imagen. Y el audio. Un alarido puso ante mí a Rafapal con el torso desnudo, acostado en un tapete sobre dos tablas.

El psicólogo venido a curandero, le pasó las manos por encima de los ojos, ¡y lo cacheteó! No lo podía creer. El hombre especializado en armar pollos en los aeropuertos, bramaba, obediente, ¡y se dejaba golpear! ¡Tenía que entender por qué, aunque eso implicara olvidar la fantasía de hundir la nariz en el vellón de su panza! Aunque ya no le pasara los labios por ahí del ombligo… ni acariciara su cintura…

 Antonio Calderón pasó una y otra vez las yemas de los dedos en el cuerpo rafapaliano, hasta que salieron vivencias de otras épocas: latigazos en la espalda, a la altura del hombro derecho,  huellas de una cuerda en el cuello y un hachazo por el rumbo del diafragma, todo eso recibido y soportado como combatiente.

Rafael Palacios mencionó a Espartaco. ¿Quién pudo haber sido, si es que vivió en ese tiempo de esclavos y gladiadores? Mi cachondez propuso que me sintiera Varinia, que me asumiera acostada bocabajo, sobre él, y le susurrara al oído: Aguanta, aguanta un poco, que te lo quitan de una vez y por toda la eternidad…


martes, 20 de septiembre de 2011

Palabras de órdago.

C
Cabra

"Se le van las cabras". En la familia no era habitual esta expresión, en realidad ni siquiera se le conocía. La oí decir fuera de casa. Se dice de todas las personas que enloquecen y se dice así, que se les fueron las cabras. Viéndolo bien, es una expresión dulce y decente.

Como nosotros estábamos locos, pues fácil es suponer que ni siquiera nos diésemos cuenta de que nuestro ganado se había ido a pastar a quién sabe dónde y cuando reparábamos en que faltaban algunas cabezas, salíamos a buscarlas. Entonces aparecían animales de todo mundo, menos los nuestros. Esos, si no regresaban solos, eran hallados por la mamá o la tía, y si eran cabras confidenciales, se armaba la de Dios es Cristo.

Lo mismo ocurría cuando mis hermanos o yo encontrábamos algún ejemplar desbalagado de la abuela o de papá. Nos ponían como campeones por estar descobijando en público a los próceres insignes del recinto familiar. Pero eso nada más ocurría cuando intentábamos hacer cambalache. Ya se sabe que, entre hermanos, los pleitos están a la orden del día.

Con la prohibición de cabrearse convivíamos cabreados, en atmósfera cabreante. Tuve que ser muy cabrona para ya no pastorear, pues a aquel que decidía que no quería ser cabrero, le daban de cabronazos o se iba de cabroncete a encontrar un cabronzuelo, muy cabronamente dócil, o dócilmente cabrón.

Se sabe ya que las cabras son mamíferos, rumiantes. Se dice que son rebeldes, ¡pero si son de corral! Igualito a ser borrego, pero con cuernos y ya.

miércoles, 27 de julio de 2011

Dos que tres mensonerías

Una sociedad secreta que solo existe 
en la imaginación colectiva 
es tan importante como la que responde 
a una realidad específica. 
Jean Robin.
                                                                                                    
El nacimiento de una sociedad secreta pretende satisfacer necesidades de orden mítico y reflejar, en nuestro aquí y ahora cambiante e ilusorio, un más allá inmutable. El aspecto tenebroso que suele adjudicársele a una agrupación de esta índole, depende del inconsciente colectivo, pero en los países que profesan la fe católica, donde la masonería ejerce una enorme fascinación en las altas jerarquías sacerdotales, la noción de que es pecado militar en ella, entra en conflicto con la idea de que no se puede progresar en lo económico y lo social si no se busca la pertenencia al grupo adecuado.


De acuerdo con Jean Robin, hay dos tipos de masonería: una auténtica y realmente liberal y otra creada por las altas jerarquías católicas para preservar su poder, luego entonces, las sociedades secretas católicas se formaron con fines teocráticos,  hegemónicos y excluyentes. En ellas no puede estar nadie cuyas vidas, conductas y profesiones se encuentren fuera de los cánones de moral dictados por el Vaticano. Son poderosísimas, al grado que en ciudades enteras han creado entornos culpígenos, que son causa de que la gente busque, a toda costa, negar y omitir para dar la apariencia, donde la única certeza que se tiene es que en cualquier descuido, se recibirá maldad de la gente.
         
En la época del gran furor esotérico, es decir a finales del siglo XIX y principios del XX, gobernaba en México Porfirio Díaz, todo estaba afrancesado y es muy probable que las sociedades secretas mexicanas de aquellos años, católicas o no, hayan recibido la influencia de grupos como “El Abetal”, de maestros como René Guénon, mentor de Jean Robin.
         
A pesar de que ya se le había dado muerte a Maximiliano, de que Ignacio Zaragoza había ganado la batalla del 5 de Mayo y la Guerra de los Pasteles había quedado en el bote de la basura, Francia y lo francés continuaban vivitos y coleando en los corazones de México y los mexicanos.
         
Creo que la causa por la que es tan inquietante la idea de una sociedad secreta, radica en la imaginería popular. Una de las fantasías que circulan  consiste en pensar que al aspirante se le dice que el contacto con el grupo no lo hará rico ni poderoso y, sin embargo, los antiguos, a medida que van subiendo de grado, obtienen riqueza y poder.
         
No se puede negar la influencia de estas asociaciones aún entre los que no pertenecemos a ellas, ¿cuántas personas no van por la vida diciendo que no quieren o que no les interesa precisamente aquello que andan buscando y a lo que dedican todos sus esfuerzos?
         
Las sociedades secretas han existido desde tiempos remotos porque, para las clases que detentan el poder económico y político, ha sido imperativo ejercer un control sobre la gente, a veces, incluso, sobre reyes y señores feudales. El motivo que las ha gestado es buscar la eficacia en los medios de control que se vayan inventando. Su verdadero papel es el de guardianas del ascenso social, encargarse de frenar o permitir el paso de quienes convenga.
         
De los libros que hablan de ellas se desprende que, cuando es posible decir algo con conocimiento de causa, es porque el grupo reseñado fracasó en la misión que le fue encomendada; no se percibe una intención de desenmascarar para destruir, sino nada más medio explicar cómo están hechas la trama y la urdimbre, y que cada lector vea, o se imagine, en qué sitio está parado, pues el mundo heredó, en todas las actividades, la forma de ser y comportarse de una suciedad excreta.