miércoles, 3 de octubre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


V

Delirios, delitos y deleites

Uno
Sobre el muerto, las coronas… y algunas flores también. Hay que buscarle lo bonito a los recuerdos. El Anciano que se Ostentaba como Dueño era un hombre extremadamente  flaco. Subía y bajaba escaleras con la agilidad de un jovencito. La Afanadora Constante conoció al señor por teléfono, cuando llamó porque vio anunciado en el aviso oportuno que allí se rentaba un cuarto. Una pequeña luz de esperanza brilló cuando escuchó a través del auricular que si usted me entrega dos rentas de depósito y la que va corriendo, firma contrato y no le pido fiador, ni confesión, ni nada. Hacía tres años de aquel suceso y La Afanadora Constante miraba con asombro. La gente bailando y divirtiéndose en grande, sin importar que, ese mismo día por la mañana, se hubiera propalado la noticia del deceso. Difícilmente aceptó que era ese, justamente, el motivo de la fiesta. Nadie apreciaba al Anciano y ella misma tuvo motivos para aborrecerlo. Sin embargo, no sintió la menor alegría, no pensó como sus vecinos y fue tan duramente criticada que, una semana después, al llegar de su trabajo, encontró que alguien forzó la puerta de su casa y sacó las pocas cosas de valor que tenía. No era la primera vez que pasaba. Llegó a ser el pan de cada día. En vida  Del Anciano, se supo de una inquilina del tercer piso a la que le vaciaron el departamento. Aquella Señora de la Grasa Corporal, que a veces contaba cosas, refirió que, ese día, El Anciano estuvo todo el tiempo en su balcón, como centinela. Era de aquellos que mandan dañar a la gente cuando no les cae bien.

Al vencimiento de su primer contrato, La Afanadora fue prevenida. El Anciano trató de recabar firmas para un escrito en donde solicitaría la intervención del cuerpo de granaderos para echarla, diligencia que no llegó a prosperar, porque nadie le firmó. Unos, porque no la conocían, y otros, porque tampoco la detestaban lo suficiente como para desearle ese mal, y a otros, simplemente, no se les dio la gana ayudar al pinche vejete. El caso es que El Anciano que se Ostentaba como Dueño, no siguió adelante por no contar con respaldo. Todo lo que hizo La Afanadora para ganarse tales violencias fue reportar un apagón. Así se supo que el edificio tenía una conexión clandestina y, desde entonces, cada bimestre llegaba la misma cuadrilla de trabajadores de la hoy extinta Luz y Fuerza a cobrar su propina, para seguir guardando silencio respecto a que nadie pagaba el suministro de electricidad.



Esa fue la herencia que El Anciano que se Ostentaba Como Dueño les dejó a sus inquilinos, pues no con el sensible fallecimiento dejaron de ir aquellos esbirros a recoger su tajada y seguir amagando, hasta que La Acarreadora de Chinches se armó de valor para ir a denunciar a los malos servidores públicos. Entonces les fue asignada una cuota mensual por concepto de consumos ilícitos, pero también se les explicó que su situación mejoraría: de ahí en adelante sus comprobantes de pago serían deducibles de impuestos. Ni así pagaron.


Dos
Cuando se ha pensado en el suicidio y no se consigue, las ideas mortíferas permanecen y los problemas emocionales se centran en cómo puede uno usar las tales ideas para beneficiarse, en vista de que ya se ha fallado en el intento. Meterse entre las patas de los caballos, para saber si patean, es indicativo de tendencia suicida; pero, sin ello, oficios como el de corresponsal de guerra no serían posibles. A veces los humanos son suicidas potenciales, de otro modo no se explica que se atrevan a recetarse lo primero que se anuncia contra la gripe o gastritis, cualquier bebida alcohólica o energética y, mucho menos, que guarden la medicina del año del caldo por si se vuelven a enfermar, ¡y la ingieran, sin más ni más, cuando creen necesitarla!

El pequeño dragón exponía su perorata, que él llamaba conclusiones. La Afanadora Constante, entre un escalón y otro, se preguntaba dónde había dejado la jerga, para improvisar un tapón y ponerle en el hocico al parlanchín que no la dejaba trapear. Más de una vez la puso en predicamento; pues durante la jornada de la escoba y el mechudo conversaban animadamente, pero los vecinos nada más podían verla y oírla a ella. Él, astutamente, se volvía imperceptible para los demás, pero no para mí, que tenía más que claro su rechazo, así que me conformaba con verlo de lejos. Por fortuna, mi vecina no siempre salía perjudicada, pues el hecho de que la vieran arengando a las paredes, había espantado al Representante Digno de la Erotomanía Tardía, que prefería quedarse con las ganas de pellizcarle las nalgas. También cooperó para poner en su lugar al Bull Terrier de Pacotilla, que bajó las escaleras muy orondo, mentando madres para apantallarla y rozarle el busto con el dorso de la mano; pero, al pasar por debajo del peldaño estratégico, el dragoncito le dio una patada a la cubeta. Además de bañado, el señor quedó con el mechudo de peluca. La Afanadora, seria y respetuosa, bueno, en realidad conteniendo la risa, le dijo que considerara la idea de usar bisoñé, pues le favorecía bastante.


Hasta unos días antes de que vinieran a llevarme, mi diversión favorita fue seguir a la ilustre fregona, en su ilustre tarea de limpiar escaleras, por eso pude saber muchas peripecias, como la de una tarde veraniega, en que Lady Manflower y La Última en Darse Cuenta de que le Estaban Poniendo los Cuernos, capitaneadas por La Acarreadora de Chinches, fueron, con su cubetita cada una, a donde estaban los botes en los que La Afanadora Constante almacenaba agua, pero se llevaron un chasco; pues, al quitar la tapa de uno de ellos, encontraron un letrero que decía:

¿POR QUÉ SIEMPRE VIENES A MIS BOTES? ¿EN SERIO CREES QUE TIENES DERECHO AL AGUA QUE YO ACARREO? ¡YA BÚSCATE UNA MADRE A QUIÉN CHINGAR!

Refunfuñaron al destapar una tinaja tras otra y leer letreros por el estilo.

El dragón, que no había perdido detalle y estaba doblado de risa por la rabieta que hicieron, al acabar de carcajearse, suspiró, pero se le salió una bocanada de fuego que dejó a las tres mujeres con unas cabezas como si hubieran recibido un flamazo del boiler. Jamás se hubieran dado cuenta, de no ser porque Don Mongelio se las encontró en las escaleras. El hombre puso cara de asombro y preguntó qué les había sucedido. Ellas no atinaron a decir algo, hasta que pasaron por la puerta de La Ricachona de Aquí, que tenía un espejo. Ahí pusieron el grito en el cielo, pero cerraron la boca. Decir lo que fuera implicaba admitir que intentaron robar agua de unas tinajas ajenas y no querían ser descubiertas, pues eran las causantes de la ola de saqueos en los depósitos de toda la gente.
        
Además de expresar sus disparates acerca del suicidio, el saurio de nuestro corazón –de La Afanadora y mío– gustaba de hacer travesuras, para que la gente viera que, quien limpiaba las escaleras y le brindó alojamiento no era la única loca allí.
        
Un día, El Empedernido Rey del País del Chipotle Vengador se encontraba pintando un carro de blanco, pero tenía destapado un bote de pintura roja. Nuestro pequeño travieso se echó un clavado, se sacudió como perro y, no contento con salpicar al pintor, caminó sobre el automóvil. Eso evitó una bronca a puñetazos. Su majestad El Empedernido y Rumiel Pómez, su ayuda de cámara, abrieron tremendos ojazos, porque nada más aparecían patitas rojas en la carrocería impoluta. Rumiel quedó tan afectado que fue derechito a la Iglesia a jurar que en un año no iba a beber, pero ahí no paró la diablura. Terminó de tocar fondo cuando el sacerdote le quitó el letrero que tenía pegado atrás:

¡P R E C A U C I Ó N!
Uso obligatorio de mascarilla de oxígeno
cuando la puerta esté abierta.

Las paredes oyen… y hablan. De este modo, La Afanadora Constante suele disfrutar uno de sus más caros placeres. Al escuchar lo que dicen dentro de los departamentos, piensa que el amor se da en maceta y que, para fomentar la amistad y la concordia, hay que repartir besos de Judas, al cabo que los romanos se consiguen en la Policía Montada durante la Semana Santa. El resto del año se pueden agarrar de caballito de batalla algunas habladurías que han sacudido indolencias por un tiempo: ay, a poco tú crees… fíjate que Fulana, Zutana y la viejilla… se están cagando allá arriba… Endana se acuesta… y Maru nos dijo… el Toño les cobra… Odricio, ni en cuenta… Imelda ya sabe… y en su casa lo agarraron… el otro día pintaron… y Perengana también… supiste que los del gas… es que se están escondiendo… otra vez las brujerías… y el día de la tapazón… la neutralidad no existe. Hay que integrarse al chisme. No dirá la verdad, pero calienta bien y bonito. Haya o no haya Internet, las redes de enfermación funcionan por el bien de todos, a fin de que los miércoles sean de Ceniza; los viernes de Dolores; los sábados de Gloria y los domingos, de Ramos. Quienes no aceptan el cristianísimo beso Iscariote, se llevan una de cal por lo que fue de arena, al fin y al cabo, lo que conversan La Afanadora y el dragón, ¡también se filtra por las paredes!



Eso fue una burladijo el lagarto. –¿Cómo un consumo ilícito va a ser deducible de impuestos? ¿En qué cabeza cabe?

Pues en la de ellos –contestó La Afanadora.

Y en la de ustedes. Son tan tontos que viven pendientes de lo que pueden esperar del gobierno, ¡pero no se fijan en lo que pueden esperar de sí mismos!El dragoncito brincó de su diván hasta el regazo de La Afanadora– ¿No te has puesto a pensar que la pobreza es torturante porque así se ha fabricado? La suciedad, la escasez de agua y espacio, la fauna nociva, son elementos conservados deliberadamente. A ningún gobierno le conviene que los pobres tengan una vida llevadera, ¡y menos que se acaben!
        
La Afanadora escuchaba atónita. El animalito pensaba mejor que ella y sus vecinos juntos. En realidad se había acostumbrado a vivir con la sensación de estar atrapada en una cárcel de juguete, pero en ese momento sus pensamientos cobraban vivacidad.  Ya en muchas ocasiones había observado la forma de las escamas del reptil; pero, esta vez, decidida, preguntó:

¿Por qué tienes signo de pesos y centavos en todo tu cuerpo?

Porque en mi piel se ha marcado la imagen de todos los afanes de la gentecontestó el saurio–, esta es mi verdadera presencia, pero solo aquellos que han logrado asumir su materialismo pueden verme tal cual.

¿Quieres decir que todo se reduce a dinero?

No es tan exacto considerarlo al pie de la letra, pero quien no es capaz de contemplar que el dinero es como el agua, nunca sabrá qué cantidad corresponde a cada cosa.
        
Era la primera vez que alguien, frente a ella, decía eso. Nunca se le había ocurrido contemplar al dinero como un recurso natural y hasta con ciclo de vida: ¿cómo imaginarlo en estado líquido, sólido o gaseoso? Aunque viéndolo bien, los bancos hablan del flujo de divisas y, ¡vaya que la hacen de pedo cuando se atrasa uno en el pago de algún crédito! Los lingotes de oro o plata y las Onzas Troy o los centenarios, difícilmente podrían compararse con cubitos de hielo, aunque hay gente que se ha quemado las manos viendo cómo se derriten.


        
En casa de La Afanadora, cuando era niña, el dinero era tema tabú al grado de que ni ella ni su hermana fueron enseñadas a manejarlo. Nadie la creyó capaz de exponerse, de darse mandarriazos con la vida. Estaban más que seguros de que el freno que le habían puesto disfrazado de valores iba a resultar. Su primer intento ya le había costado tener un bebé que no deseaba. ¡Ni siquiera hubo chance de ser novia del fulano! Daban por hecho que había doblado las manos, pero se llevaron un chasco. El cordón del rosario de miedos fue cortado y las cuentecitas rodaron por el piso de la sala familiar. Tías, hermanos, abuelos y otros miembros distinguidos resbalaron, cayeron y volviéronse a levantar. Los anatemas rodaron por el suelo y se escondieron debajo de los muebles en espera de que los nuevos miembros, al crecer, se los traguen enteros: hoy tenemos, mañana quién sabe… Así como subimos, podemos bajar de nivel… Las mujeres no tienen poderío económico a menos que se prostituyan… Los hombres tienen dinero, y son aceptables mientras lo tienen… El bienestar monetario depende de que haya un hombre en la casa, cuando no lo hay, se cae en la miseria y no se sale de ahí… Hay que esconder el dinero… Nadie debe saber cuánto gana, ni una misma… El dinero es cosa de hombres, pero no te lo creas. Nada más lo tienes que decir cuando estés  ante otras mujeres… Haz tu guardado y finge pobreza para que no te envidien… Tu progreso económico jamás dependerá de ti, siempre habrá fuerzas extrañas que te faciliten o te impidan el camino.

Hasta que llegó a la vecindad pudo tener acceso a la bola de supersticiones que albergaban sus familiares. Se dio cuenta de lo absurdo de algunas de sus conductas, de que el dinero uno lo olvida y no precisamente en algún monedero arrumbado. ¡Ya ni se acordaba de todos esos billetes y monedas de transición de pesos a pesos nuevos! Pero estaban ahí, la imagen reflejada en la sábana que el dragón había extendido era clarísima. El animalito hacía piruetas en el aire, de tal manera que se proyectara esa memoria escrita en letras y efigies de oro, plata, alpaca, cobre, aluminio, níquel… el dinero no es tan frío, muchos de los metales de que está hecho son elementos químicos y tienen su símbolo en la Tabla Periódica. ¡Importa mucho la vista en asuntos de dinero! Tanto billete y moneda juntos, era un verdadero taco de ojo. La Afanadora Constante sintió nostalgia por las monedas heptagonales de diez pesos, los “ojos de gringa” del 68, los veintes de cobre con la Pirámide del Sol, ¡los tostones grandotes con la efigie de Cuauhtémoc y su penacho descomunal!

¡Las monedas bonitas no deberían desaparecer!– dijo La Afanadora.

Al dinero le pasa lo mismo que al comediantecontestó el dragón–. Si no es aceptado, tiene que dejar de circular. Moneda que sale, es moneda que ya no vuelve,  aunque sea de oro.
        
Las imágenes de próceres de la historia desfilaban cronológicamente en la rústica pantalla. De repente, La Afanadora  estalló:

¡Ahora entiendo por qué no alcanza el dinero! ¿Qué tanto nos perjudica no saber la verdad acerca de algunos personajes históricos, o conocerla a medias, y además rendirles un homenaje que no sabemos si lo merecen?

¡Auuuch!se quejó el dragón. Reparó en que su extinta cola había recobrado centímetros–. ¡No te vuelvas a lamentar! ¡Como me siga creciendo esta ancheta, me voy!
        
Para no verse comprometida en un lance mayor, La Afanadora Constante desvió la conversación hacia los apodos que solemos ponerle al dinero, palabras que sugieren abrigo, escurrimiento y el desempeño de una función de linterna no tan simbólica. La luz recorre una distancia de 300,000 kilómetros por segundo. Todos notan su presencia. Su ausencia es oscuridad: uno de los miedos universales. Qué maravilla que pudiéramos sentir que el dinero viene a nosotros con la misma velocidad, porque sentimos que así de rápido se gasta, y que tardamos años luz en recuperarlo.






martes, 25 de septiembre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


IV

Criptozoológico.

Divagar es, a menudo, una sana costumbre. La Afanadora Constante echaba su mente a navegar por los recuerdos cada vez que tenía un problema. Así fue como encontró que lo más atinado era contarle al dragoncillo las anécdotas de toda esa caterva que, lo aceptara o no, ya era como de su familia. Ella también resultaba entrañable para todos esos seres dignos de sendas reseñas en un bestiario. No era gratuito que ya la respetaran. Se lo había ganado a pulso, después de soportar que La Última en Darse Cuenta de que le Estaban Poniendo los Cuernos la golpeara en el zaguán, además de amenazar con deshacerla en ácido, al más apegado estilo de las mafias que trabajan para lavarle las manos a alguna que otra celebridad que no quiere ensuciarse.

Le habló del tambo que permanecía en el elevador desde que sacaron a los jovencitos mariguanos. Lleno de ácido y ahí dentro, ni siquiera se percibiría el olor a cadáver. Se dejaría abierta la puerta de madera, labrada en sus buenos tiempos, que daba acceso al patio, que originalmente era de servicio, pero, por no funcionar el elevador, se había transformado en el paso de toda la gente, y se tendría una buena ventilación. No faltaría quién limpiara las escaleras. Lo que sobraba en el mundo, eran mujeres con mentalidad de sirvienta, pero ahí se le acabó el poder. Para cumplir promesas de esa índole se necesitan recursos que no tenía, cosa que hasta un niño de primaria podría ver. Lo que más lastimó su prepotencia, fue la serenidad con que La Afanadora escuchó, para responderle que por favor no la desapareciera. Adoptando las poses más teatrales de que pudo echar mano, preguntó:

¿Qué vas a hacer sin mí? Piénsalo, ¿quién crees que se dejará madrear como me he dejado yo? ¡Ni creas que voy a permitir que le des a otros mis trancazos! ¡No seas ratera, faltaba más! –La Última en Darse Cuenta se dobló de la risa y, ¡santo remedio! La Afanadora Constante supo que no volvería a ser agredida. Tranquilamente recorrió los nueve metros de patio hasta las escaleras y desapareció.

Ante sí misma, La Última en Darse Cuenta no podía admitir que le encabronaba que vinieran hombres a preguntar por la del siete. Sin importar quiénes eran, lo mismo daba el galán, que el plomero o el cobrador. La enfurecía que fueran hombres y que la buscaran. Pero ya no fue necesario ningún examen de conciencia. Acababa de pasar el relajo que destapara a  Lady Manflower; así que, a los pocos días, La Última en Darse Cuenta se marchó del edificio, dejando a todos la encomienda de recordarla como paradigma de lo ruin y lo culero. Me dio tristeza. Su ausencia le quitó lo angustioso al ambiente. Ya no tenía que protegerme de nada y no tuve más motivo para seguir el trato con La Afanadora Constante.


La vida siguió insoportablemente tranquila, hasta que otro día, por ahí, Al Que No Rompe ni un Plato se le olvidó poner la bomba y estuvimos día y medio sin agua, hasta que Aquella Señora de la Grasa Corporal consiguió una llave maestra para abrir la puerta del garage y activar la bomba que subiría el vital líquido hasta los confines de la cisterna. Ella y La Afanadora entraron, pero una repentina picazón en las piernas casi les impide subir el switch. Salieron de inmediato, sin embargo, veinte minutos después, hubo que soportar otro escozor. El caso es que en quince días, La Afanadora Constante había sanado de los piquetes de pulga, pero no así Aquella Señora, que necesitó visitar al médico porque las ronchas le supuraban y descubrió que tenía diabetes. Desde entonces, comenzó a emitir comentarios venenosos y a demostrarle envidia a la que, más adelante, ocuparía su lugar en la faena de limpiar las escaleras. Su guerra para hacerla aparecer como una tonta no conoció cuartel.

Sumergida en la creencia de que la conserje era su amiga, la entonces futura  limpiadora de escaleras llegó una tarde a buscar a Aquella Señora para enseñarle la oferta que aprovechó del supermercado. Escuchó ruido de pleito. Al tocar, la puerta cedió y El Hijo de Aquella Señora, a punto de cachetear a su madre, abrió unos ojos descomunales y saludó con una sonrisita de conejo que no sirvió para disimular el momento, pues La Afanadora alcanzó a escuchar que era un maldito estorbo pendejo. La mujer gorda se abotonó la blusa, se acomodó el despeinado y puso a hervir agua para café.

¡Saluda, tú! ¡Burro, pelado! –Dijo la portera, con disgusto. El muchacho inclinó levemente la cabeza. La Afanadora contestó de igual modo y luego dijo: 

Si quieres, vengo al rato. Nada más quería enseñarte mi cafetera nueva. Es igual a la tuya pero más grande, ¡o ya sé! Subes mañana y te preparo un café.

No, no, no, linda, no –contestó, zalamera, Aquella Señora de la Grasa Corporal– quédate, por la cara que tienes, pudiste traer algo más, ¿no?

Pues sí, la cafetera está llena de sobrecitos del café que nos gusta y te traía la mitad. ¡Creí que nunca iba a tener esta belleza, pero sí se me hizo! –La Afanadora estaba feliz y contemplaba la caja en que venía empacada su adquisición.

¡Ja, ja, ja, ya lo creo! ¡Después de la vergüenza que pasaste la semana pasada recorriendo tiendas a lo loco, ja, ja, ja! –Dijo Aquella Señora con retintín.

¡Ora sí! ¡Ya voy a tener quién me haga mi cafecito express! El Hijo de Aquella Señora había recuperado el aplomo. Desnudó con los ojos a la visita de su mamá. Eso desató los celos de la señora de la casa, que no tuvo empacho en recordar la hazaña de La Afanadora, quien, al ir de tienda en tienda buscando el anhelado cacharro, nada más consiguió que los vendedores se rieran de ella.

¿Y cómo no se iban a pitorrear, mamacita, si te viste de a tiro de rebozo? ¿A quién se le ocurre decir quiero una cafetera pequeña, que es así como licuadora, pero no es licuadora porque es cafetera? ¡Ya ni la amuelas, mi reina!

Bueno, pero ahora ya sé cómo pedirla, porque hay más grande que ésta y sí me la voy a comprar –dijo, tan contenta, que no reparó en que había echado a perder un encuentro incestuoso.

En realidad, lo que pasaba con La Afanadora era que, al igual que El Anciano, pero por diferentes motivos, tampoco tenía amigos y confundió con amistad la insana disposición de Aquella Señora para escucharla. Fue así como esa mujer, con su hijo, le creó una fama de chismosa no del todo indemostrable; aunque las confidencias hechas a la portera rápidamente se divulgaban en edición corregida y aumentada.


Ese día, horas más tarde, llegaba del trabajo El Que no Rompe ni un Plato, y se encontró con El Militante Seco de la Veneranda Orden de la Cruda Alegre, que no cabía en sí del orgullo, porque recibió su diploma de fin de cursos, en una escuela de esas que se anuncian con el slogan: “Aprenda inglés en dos por tres”. Ver llegar a su amigo, le sugirió la oportunidad de mostrar sus conocimientos y entonces, casi con altavoz, le preguntó:

¿Cómo has estado, mi buen… qué te dice tu vecina la crazy? –antes de que el aludido pudiera contestar, La Afanadora, sabiendo que se refería a ella, contestó, a grito pelado:

¿Hi, how do you do now, mi chaparrín? This is the crazy. ¿What do you think about our neighbor, the thief? ¡Así se dice “nuestro vecino el ratero” en inglés! –El Militante Seco subió a decirle unas verdades a la mujer, que ya lo esperaba sin inmutarse. En cuanto lo vio, La Afanadora preguntó por el estado de salud de su hermanito el drunk, y aclaró que that english word means borracho in spanish. Demostró que podía enseñarle, además, que puta es whore, por lo que mandó my regards to your daughter. El Militante Seco, entonces, más bien, escurrido, dio las buenas noches y se fue a dormir. Jamás podría competir con alguien que había estudiado su secundaria en una escuela bilingüe.

Schahrazada ante el sultán no hubiera sido mejor cuentacuentos. La Afanadora se regodeaba en los relatos para un visitante que no solo había instalado su mesa y su banquito, sino que estaba apoltronado en un divancillo plegable, como todas sus pertenencias, y con ello le había quitado tres cuartas partes del antecomedor. ¡Qué fastidio! ¡Casi no tenía espacio para poner su café y el pan a la hora del desayuno, pero no se atrevía a limitar al dragón! Después de todo, era el único ser que realmente la aceptaba, además de que no había nada de malo en ser escuchada y, de acuerdo con sus fantasías más íntimas, así como se sentía la diosa Perséfone cuando trapeaba las escaleras, con el pequeño reptil había chance de ser la ufanadora constante y sí que lo disfrutó. Cuando tanteó que su oyente estaría confiado, lanzó una pregunta:

¿Por qué no tienes cola que te pisen? ¿Qué te pasó?

Es una historia muy larga. Y sucedió aquí mismo. Tengo, en este edificio, mucho más tiempo que túcontestó el saurio.

A ver, a ver, ¿cómo está eso?

Soy un ser que se abre paso a través de los afanes de la gente. Si no hubiera personas llenas de preocupaciones, no tendría forma de aparecer en ningún sitio, pero no en todos lados me aceptanadmitió el dragoncito, con un dejo de tristeza.

Pues mira, si en dondequiera te portas como verdolaga en patio de indio…

¡Oh, está bien, está bien! Acomodaré mis cosasde inmediato, el animal  saltó de su diván y lo empujó hacia la pared. De ese modo quedó establecido que cada quien tendría 
la mitad de la mesa. En seguida se acostó para continuar sus historias. ¡La Afanadora se enteró en esa forma de cada cosa!


Aquella Señora de la Grasa Corporal que fingió trapear en tiempos del Anciano que se Ostentaba Como Dueño, no había sido, ni con mucho, la primera encargada de la conserjería. Hubo otras dos, más limpias y cuidadosas, que superaron, incluso a las lesbianas, en materia de meterse a robar en las casas. Pero también se encargaron de que la jardinera, hoy convertida en mini desierto cuando no en franco basurero, adornara la entrada al zaguán. Cultivaron un Teléfono, una Chismosa, una Millonaria y una Sábila. Puntualmente las regaban y se turnaban para lavar cada día las escaleras. ¡Ah! ¡Fue la bella época del edificio!

¿Pero eso qué tiene que ver con que no tengas cola? –Preguntó, impaciente, La Afanadora.

Para allá voycontestó el dragón–. Las plantas son seres tan vivos que agarran poco a poco los defectos de quien los cuida. No les importaba que esas mujeres las hubieran plantado ni el empeño que ponían en que nada les faltara. Para todas, Venenice y Guarralumpen eran un par de rateras aunque nada se les había comprobado. No podían decirle a la gente cuántas veces las vieron ni aconsejarle a nadie que reparara en cómo se molestaban si alguien cambiaba la chapa de su departamento. Ningún vecino las apreciaba y ellas tampoco se querían. A menudo a una o a otra se les veía con moretones y rasguños y se escuchaban gritos y maldiciones por los pleitos que sostenían, hasta que una se suicidó. Entonces fue que perdí la cola y gané el marsupio.

¿Qué? –El asombro de La Afanadora era grande.

Paciencia, te estoy diciendo que la historia es larga. No vayas a creer que lamento la pérdida. Era una cola que me tenía esclavizado. Cultivo desde ese día la costumbre de no compadecer a las personas, porque no quiero que me vuelva a crecer. Entre más me entristeciera por el infortunio de los humanos, más centímetros alcanzaba. Tenía que enrollarla para poder caminar. Eso me agotaba; de volar, mejor ni hablamos. Aquella vez hice lo que nunca: cedí a la tentación y la desenrollé para sentirme relajado.

Más detalladamente, el dragoncito narró su tragedia. Estaba acostumbrado a posarse para tomar el sol en el pretil de la ventana de arriba del baño de la conserjería. De pronto, alguien jaló su cola y la amarró en un clavote. Y ni cómo voltear, porque sintió que perdería el equilibrio si osaba moverse. Nada más alcanzó a agarrarse de la ventila y recibió un jaloncísimo.  El estómago se le partió. Entonces, escuchó un golpazo y se descubrió liberado. Al fin pudo voltear. Guarralumpen se había estampado en el patio, con la cabeza en un charco de sangre. La mujer quiso ahorcarse y confundió con una soga la cola del pequeñín. El peso le reventó la panza. A la señora se le cumplió el gusto de morirse, pero fue consecuencia del batacazo.

Venenice, en verdad lamento lo que ha sucedido –decía, cortés, La Gran Exponente del Agachonismo y Peleonería Vecindera, cuya ventana pagó los platos rotos del deceso que sería la comidilla en los siguientes seis meses–, pero, lamentablemente, la vida sigue y a los gastos del funeral, habrá que agregar los de la reparación de mi ventila. ¿Cuándo cree estar en condiciones de que hablemos de eso?

¡Nunca! ¿Qué no está viendo que ni siquiera tengo para sacar a mi hermana del forense? ¡La echarán a la fosa común y ya ni modo! –la portera sobreviviente se escuchaba entre llorosa y enojada.

Pues mira, si tu hermana no vale nada para ti es tu problema, pero mi ventana sí me la tienes que pagar. Yo no tengo la culpa de los pleitos entre ustedes ni le dije a ella que se matara –La Gran Exponente estaba decidida a cobrar.

¿Usted qué sabe de cómo me siento? –preguntó Venenice, francamente enojada.

Mira, conmigo no tomes esa pose de víctima. Esto no fue ningún golpe para ti, no te hagas  –¡sí que era buena La Gran Exponente para hincar el colmillo!

Si fue o no fue un golpe, es cosa que a usted no le importa, ¡y no le voy a dar nada, vieja bruja! ¡Pídale a sus amantes, vaya a buscarlos y ruégueles, que yo no tengo la culpa de que ya casi no vengan, ni de que usted no se de cuenta de que ya le dieron la patada por vieja! –Eso calló, de una vez por todas, a la linda señora.

Guarralumpen debió ser más discreta, pero no. Tenía que dejarle a la gente su imagen llena de sangre, a su hermana más sentimientos de culpa, amén de una cartita repleta de tonterías. Además, ¡qué mal gusto! Se mató de una manera muy poco femenina. ¡Mira que darse un tortazo cuando podía haberse envenenado!

 –¿Que cómo fue el luto de Venenice? –dijo, con gravedad, el dragón. –Podría decir que se enfermó y se enfermó y se enfermó hasta que se la llevaron al  hospital y ya no regresó, pero eso es poco. Antes de irse, le hizo honor a sus apellidos. Se fue haciendo flaca y seca como leña y el día que se la llevaron en camilla los de la Cruz Roja, estaba horrenda de yagas y no se podía mover. Los quejidos llamaron la atención de La Ricachona de Aquí y La Madre del Salvador Fidedigno, que forzaron la puerta con la anuencia del Anciano que se Ostentaba Como Dueño, ese fue el que llamó a la ambulancia. No se volvió a saber de ella. El comedorcito que tiene Aquella Señora de la Grasa Corporal era de Las Porteras de la Maldad, con ese nombre también se les conoció. El edificio es más famoso desde entonces. La noticia del suicidio salió en la página roja de todos los diarios y se juntaba la gente en el zaguán para leer la esquela que La Gran Exponente pusiera en honor de la occisa:

La  comunidad  de  vecinos  otorga  el  reconocimiento  Charles  Darwin  a  Guarralumpen  Leña  Horréndez,  por  contribuir  al  mejoramiento de la  especie  humana, borrándose  ella  misma  del  mapa.”











martes, 18 de septiembre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos



Gentuza se escribe con J

La puerta de lámina se terminó de abrir. El cuarto se iluminó. La cucaracha que deambulaba por la estufa corrió a esconderse debajo de un quemador. En el piso de cemento aparecían huellas, como garras de un cocodrilito. La Afanadora Constante pensó que ahora sí estaba perdiendo la cabeza. Sin duda, alguien había entrado durante su ausencia. Siguió las pisadas, decidida a llegar hasta la madriguera de esa rata que la había estado molestando, y que, según ella, La Acarreadora de Chinches le hizo el favor de meter. De pronto, se oyó un golpeteo. Volteó y conoció al visitante: ¡un pequeño dragónque se rascaba! ¡Un pequeño dragón anacoluto apareció en su casa, sin más ni más, sin ser invitado ni nada por el estilo! Era un ser que despertaba más ternura que deseo de aplastarlo. Además, no podía establecerse en una primera impresión si de verdad era fauna nociva.



¡No me mates!suplicó. La mujer se quedó petrificada. Para ella, el alebrije estaba en su imaginario, aunque en realidad se encontrara parado junto a la olla de barro que contenía el agua hervida para beber.

¡Soy dragón! ¡Soy dragón! ¡Por favor! ¡Conóceme!rápidamente, se interpuso entre la mujer y la escoba, recargada en el rincón.

¿Cómo has entrado? –preguntó La Afanadora, con sequedad.

Por ahícontestó el dragoncito y señaló el agujero que había detrás de la estufa, por donde pasaba el tubo del gas.

Muy bien, Don Dragón, haga el favor de marcharse por ahí mismo –El pequeñín la miró entristecido.

¡Oh! ¡Pensé que te haría feliz conocerme! ¡Tu casa es tan bonita!La Afanadora puso cara de incredulidad– ¡Me moriré de tristeza si no vuelvo a contemplar esta flor tan hermosa de tu ollota de barro! Hace mucho que no estaba en un sitio tan acogedor.

¡Pero da la casualidad que no le doy hospedaje a roedores, por bien disfrazados que vengan! –Dijo, rotunda, La Afanadora Constante.

¡Oh, caramba! ¡Que no soy ningún roedor!dijo el reptil, herido en su orgullo. Acto seguido, lanzó una bocanada de fuego que envolvió en llamas el librerito que estaba junto a la puerta de entrada.



¡Quedó claro que no era ningún roedor! Pero no dejó tan contenta a La Afanadora. Toda su biblioteca se redujo a polvo. Lo peor vino después, cuando La Ricachona de Aquí y La Gran Exponente del Agachonismo y Peleonería Vecindera llamaron a la puerta, asustadas por el humo y el olor a quemado. Fue todo un embrollo esconder al dragoncito y decirles a las vecinas que la estufa le había dado el flamazo,pero que todo estaba controlado. Agradeció el interés, cerró de golpe y porrazo y enfrentó al animal, decidida a echarlo. El dragoncito eludió un manotazo. Ágil, corrió hasta el montón de pavesas, palmoteó y el librero, con todo su contenido, emergió de las cenizas y volvió al estado anterior.

¡Vaya que le costó su trabajo al pequeño convencer a la señora de que lo dejara quedarse! Por lo menos La Afanadora ya no tendría que comprar veneno para ratas y eso le trajo una cierta tranquilidad. ¿Pero cómo había llegado el animalito hasta allí? No era fácil subir y subir escaleras hasta un octavo piso, y menos para un dragón que no pasaba de medir una cuarta. Él extendió sus alas color de rosa, como de murcielaguito, que hacían contraste con lo verde botella de su cuerpo. Después de unas cuantas cabriolas en el aire, tomó asiento en la azucarera.

¿De dónde vienes? –preguntó la anfitriona involuntaria.

De tus afanes. ¿Me regalas un café?Y el dragoncito alargó su taza diminuta, con plato, cuchara y toda la cosa. Hurgó de nuevo en su marsupio, del mismo color que sus alas, y sacó una tabla, a la que le desdobló cuatro patas.

¿Te gusta con azúcar?

Sí.

Entonces, te recomiendo que veas si traes por ahí algún banquito –El lagarto se puso serio. De todos modos le perdonó la franqueza. No en cualquier lado lo recibían con esa cordialidad. ¡Había logrado instalar la mesa! De otros lugares acababa por marcharse. La mayoría de las veces porque la gente no era capaz de verlo, a pesar del violento contraste que hacían los colores de su cuerpo y tener, en todo el lomo y las patas, escamas que tornasoleaban ante la luz, cosa que no pasó inadvertida para nuestra Afanadora, que reparó en que tenían la forma de signo de pesos en el lomo y de centavos en las patas.


En aquellos días hacía mucha falta el dinero. El vecino que había organizado la asamblea, hostigaba a quien se cruzara en su camino. Según él, quería completar ya la cantidad para los pagos del servicio eléctrico y el suministro del agua. La Afanadora Constante no se salvó, pese a que fue de las primeras en dar la parte que le tocaba, pero no se la dio a él: eso lo enfureció. Se ganó la animadversión del Empedernido Rey del País del Chipotle Vengador, cuando informó a los vecinos que el gasto del agua podía cubrirse, directo, en la dependencia correspondiente y que nadie tendría que entregarle dinero al susodicho, que presumía de grandes influencias y contactos con gente aún más poderosa que Los Políticos de Quinta que no Eran Conocidos ni a Dos Cuadras de sus Casas. Eran días de apretarse el cinturón. Ese señor y su familia no dejaban de llamarla “loquita” y en la chamba no le estaba yendo tan bien que digamos.

Como salía muy lentamente para los gastos y no la veía llegar, La Afanadora Constante siguió con la idea de que ese monstruillo, salido de algún libro de cuentos, era una alucinación, producto de su angustia, y decidió desenmascararle, pero sin violencia. El que se enoja pierde, y más tratándose de esos lances en los que entran en juego la palabra loca, sinónimos y derivados.

En primera instancia, no podía cometer la burrada de contarle a nadie de la presencia del extraño inquilino y, mucho menos, pedir ayuda al vecino hostigador, con todo y que era el único al que le repapaloteaba para andar comprando problemas ajenos. Además de hojalatear carros de dudosa procedencia, no había otra cosa que le saliera mejor, aunque, para decir lo cierto, nunca era debidamente reconocido.

Hacía algún tiempo, se enganchó en una batalla campal con La Suprema Reina de la Muleta Ficticia y estuvo a punto de ir a la cárcel. A veces creo que más por incumplir sus amenazas de violación y muerte. A consecuencia del pleito, la enorme calva que ya tenía le creció hasta el punto que fue a la Villa a dar gracias porque no tenía las orejas paradas. Desde entonces, vive con la certeza de que no lo confundirán con otra persona de infausta memoria, que no viene al caso nombrar. De cualquier forma, no se ha escapado de alimentar su ego de glorias pasadas y necesita demostrar, a cada rato, por qué le dicen Transformer. Se ostenta como Gato Violador o Bull Terrier de Pacotilla. Presume su guante de oro porque molió a puñetazos a un anciano y a una mujer embarazada; pero ni así ha logrado convencer a La Afanadora Constante de que se acueste con él.


Un día, ella pasaba por el garage, muy cerca de él, que estaba tendido en el suelo, junto a un carro, a punto de entrar a revisarle el motor. El majadero le vio hasta el cuello del útero y la llamó para enseñarle una fotografía que almacenó en la memoria de su teléfono portátil. ¡No lo hubiera hecho! En menos de una hora, el vecindario estaba enterado de que se retrató con los calzones bajados hasta las rodillas, para enseñar un pitote de medio metro que no la impresionó en lo más mínimo, porque nadie lo tiene tan largo. Tales fueron las palabras de La Afanadora Constante, para todo el que quiso oírla. Divertía a la gente cada vez que diseminaba que algo le estaba pasando, por eso la escuchaban; pero en realidad, a nadie le interesaba que se estuviera muriendo de miedo y que no supiera cómo ni a quién pedirle auxilio.

Supe de todo esto porque ella me lo contó. También me confió la presencia del dragoncito en su casa. Lloró de angustia. ¡Me guardé muy bien de decirle que ya lo conocía! Pero a raíz de esa plática, no dejé pasar un día sin que desayunáramos juntas. Creo que eso no le gustó a su mascota. Siempre fue un desatento conmigo. Jamás salió a saludar. Una mañana, al llamar a la puerta, recibí en plena cara un pastelazo. De todos modos no se salió con la suya. Simplemente, él no era el dueño de la casa y seguí platicando con mi amiga y disfrutando del almuerzo que siempre me invitaba. No le quedó más remedio que conversar con las dos.


 En el pintoresco alcázar que, por obra y gracia del terremoto del ochenta y cinco bien podría ser la Torre de Pisa mexicana, La Afanadora Constante lleva un fiel registro de todos y cada uno de los irigotes que han hecho historia en el ir y venir de los años con los mismos pendejos de siempre.

Han cobrado fama algunos de sus letreros, colgados en la puerta de su casa y dirigidos a gente como el recadero del capítulo anterior. Son letreros que dicen las verdades, que levantan ámpula. Ella ha sido una especie de catalizador que pone en evidencia la elaboración de los cocteles amorosos y amorales en esa comunidad. Uno de esos letreros lo pegó en el baño, a petición de algunos vecinos que estaban hartos de contemplar las paredes y el retrete embadurnados de caca:

Acomoda bien las nalgas,
cuando vayas a cagar.
Que si te gusta embarrarte,
no lo debes compartir.

Era claro y notorio el tamaño del malestar. En cualquier vecindad hay que frenar las actividades que le resultan molestas a la mayoría de los habitantes. ¡Y vaya que hacerlo sirve para detectar traviesos! Solo se necesita observar quién se da por aludido cuando aparece el letrero o se toma la medida precautoria con el fin de evitar que las conductas non gratas vuelvan a aparecer.

El intercambio de insultos no se hizo esperar. Se fueron plasmando palabrotas y recordatorios de diez de mayo en los mosaicos, que daban la impresión de que se iban a deshacer en la próxima cubetada de jabón. A La Afanadora Constante no le hacían mella esas cacallacas. Para saber con qué podía espantar a un vecino, bastaba con recibir un amago. También sabía que quien le reclamaba sus llamados de atención con esos letreros era un tipo que andaba por el mundo con un tatuaje en la cara, ¡pero que no quería destacar! Su escuela cundió entre los jóvenes, pero se hizo notorio tiempo después de que pusiera en su ventana el primer punto de su manual de remedios caseros para convivir con la violencia y el terrorismo. Fue una estrategia sencilla de urbanidad en condominio:

FÓRMULA E.G.A.R.R., PARA VIVIR MEJOR:
Enójese a gusto.
Grite con calma.
Amenace con tacto.
Rompa madres u hocicos en silencio.
Recuerde que todos tenemos derecho
a dormir a pesar de las broncas de usted.

El zafarrancho que interrumpió las pesadillas de todo mundo tuvo lugar en la madrugada, exactamente diez horas antes de que apareciera este nuevo aviso, y dio al traste con la buena imagen de la sobrina del Empedernido Rey del País del Chipotle Vengador, por haber sido encontrada en pleno clinch amoroso con una de las lesbianas que vivían en el quinto piso. Desde entonces fue conocida como Lady Manflower. Lo bueno es que su marido la había dejado unos meses antes, pero tengo entendido que le tocó una parte de la infidelidad. Quizá se haya ido sin saberlo. La golpiza comenzó a las cinco de la mañana, cuando llegó La Última en Darse Cuenta de que le Estaban Poniendo los Cuernos. Como si fuera el preso número nueve, sintió en su pecho el rencor. Segundos antes, iba contenta pa su jacal. ¿Así es la vida?

En vecindad, sí.contestó el dragoncito, mientras daba un sorbo a su café. Transcurrió la velada en esa agradable charla, al cabo de la cual, La Afanadora Constante no tuvo inconveniente en permitir que el animalito desempacara del marsupio todo su equipaje. Al pequeño le gustaba la lectura y comentaron algunos de los libros resucitados de la quemazón. Con el paso de los días, la mujer se acostumbró a las conversaciones de sobremesa conmigo y  con su mascota, interlocutor, visita, visión, ¡o ya no entiendo!

Una de las diversiones favoritas del saurio era examinar los letreros que se habían escrito en fechas recientes y que hacían, de las paredes del edificio,  un verdadero pasquín. Lo último que analizaron, fue un mensaje que la diligente señora acababa de recibir en su teléfono celular. No creyó que fuera a ofenderse el remitente si le avisaba que había cometido algunas faltas de ortografía en el letrero que puso a la entrada del edificio, para reclamar por las habladurías en torno a Lady Manflower. Para ella, no había nada ofensivo en decirle que ínfulas va sin hache y con acento en la i, que bondad llevaba b de burro y voluntad era la de v de vaca, pero el acabose era aquel recado en la pantalla: “JENTUSA SE ESCRIBE ASÍ PORQUE LO DIGO YO, Y YA NO VOY A CONTESTAR TUS LOQUERAS.”