lunes, 15 de octubre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


VII

Palabra de honor

Uno
La verdadera norma de convivencia vecinal siempre ha sido: “nadie sabe, nadie supo”. Con ella se guía la insulsa, moderna y chilanga versión de “La Corte de los Milagros” que habita en este lugar.

Todos, en el edificio, creen que pueden aparentar que son como la gente afortunada que todavía vive en este rumbo que fue zona de ricos en tiempo de Don Porfirio y bastión de generalotes en los fabulosos veinte. Del zaguán para afuera, nadie sabe que son pobres; del zaguán para adentro, es posible soñar que viven con lujo, es posible no tomar conciencia de que la colonia entera casi es un arrabal. Aunque también el “nadie sabe, nadie supo” es una esperanza colectiva, sentida de corazón por todo el género urbano. Esperanza que se cumple a medias para todos los pobres del mundo: son invisibles. Esperanza cabalmente cumplida para los que viven en este inmueble, a través de una guerra perdida de antemano por los que están en las casas de junto y de toda la manzana, porque las autoridades de la delegación no les hacen caso a sus escritos de que, por favor, desalojen a esas personas y, en vista del éxito, han aprendido a verlos como parte del folklore de esta calle y la colonia.

El edificio, como toda vecindad que se respete, es un almacén de los inadaptados de todas las clases sociales. La Afanadora Constante es una rebelde que vino a menos de la Colonia del Valle, pero también hay desadaptados de Tepito y Santa Fe.

Yo misma soy un legado del movimiento hippie. Mis familiares vinieron a tirarme en este sitio porque salía más barata la renta de mi cuartucho que una cuota de hospital. ¡Ah, quién pudiera regresar a esos buenos tiempos de Avándaro! ¡El colorido y la belleza de toda esa psicodelia que se resumía en nuestro lema: amor y paz! ¡Qué tarde preciosa aquella cuando estuvimos regalando una flor a cada gente que pasara! ¡Años después me vine a dar cuenta de que fuimos a tirarles margaritas a los cerdos, de que el cielo de diamantes que tocamos se pulverizó en el viento! Hoy estamos despiertos en un mundo que solo tiene hambre y guerra para compartir. Los que fueron mis amigos y no han muerto, hacen como que nunca me han visto. Fui la reina de mi comuna, pero eso nadie lo sabe. Ahora soy La Princesa de las Corrientes Antipsiquiátricas y Contraculturales y comparto, con La Afanadora Constante, el privilegio de haber visto al pequeño dragón, ¡a quien jamás perdonaré que haya preferido la compañía de una simple jornalera!





Dos
La Princesa de las Corrientes Antipsiquiátricas y Contraculturales ha sido, en realidad, una ingrata. La Afanadora Constante se dignó avisarle cuando Lady Manflower y La Acarreadora de Chinches forzaron la puerta del cuartucho donde vivía y sacaron todas sus cosas.

La Princesa tenía la idea de que le había encargado su casa a La Ricachona de Aquí, que era su mejor amiga, pero no había tal. Esa vecina maldijo a La Afanadora cuando supo que localizó a los padres de La Princesa y se había levantado un acta allá en la delegación, pues eso echaba por tierra sus planes de quedarse con el espacio y hasta con algunos muebles, que en realidad eran finos.

Para no tener que dar las gracias e incapaz de afrontar el desengaño respecto a la que creyó su amiga, La Princesa insultó a La Afanadora cuando ésta fue a verla a la granja donde estaba pasando su convalecencia. Pidió que sacaran con cajas destempladas a la única de todo el vecindario que le tenía buena voluntad. Hasta en sus años de hippie se sentía con derecho de mandar, pero la vida la mandó al diablo.

¡Sí que han hecho falta mis ancestros! Cuando a mis tatarabuelos les creció la cola por andar compadeciendo a la gente, se fueron y eso les agudizó la inteligencia para elegir a quién querían ayudar. Debí marcharme cuando noté que tenía cinco metros. En esa época sentí que de repente pensaba mejor, pero no me tuve confianza. Siempre he sido torpe. Nunca he sabido qué hacer hasta que se me complican las cosas. Por eso elegí mal cuando decidí que cuidaría a La Princesa.
        
La vez que aparecí por su casa, estaba matando a una rata que llegó escondida entre sus cosas. La madriguera, ese viejo sillón que había pertenecido a su abuelo y del que no se quería deshacer, me sirvió de escondite. Pero no había suficiente espacio para mis muebles y los tuve que cargar en el marsupio.  Eso, en realidad, fue una bendición porque nunca sabía si hacerme presente o no. La Princesa no podía verme tal cual, si no era bajo el efecto del aguardiente o de alguna de las chácharas que fumaba. Si no me escondía cuando estaba en su juicio, me trataba como si fuera un roedor de la fauna nociva. Esto quiere decir que me acariciaba. Así fue como se ganó la confianza de la rata, hasta que la estranguló.
        
Viéndolo bien, ayudé a que, dulcemente razonable, permitiera que los enviados de sus familiares la llevaran a desintoxicar a una granja. Le puse el susto de su vida. Cuando creyó que ya me tenía, intentó ahorcarme. Entonces le eché una bocanada de humo. No quise abusar. Mientras cedía el ataque de tos que le provoqué, volé por todo su cuarto y hasta le hice un baile de Can Can en sus narices. Lo malo fue que, en el esfuerzo, se me salió una flatulencia. En las ventosidades, los dragones no podemos decidir. La quemadura de primer grado en su cara fue determinante para que se dejara atender. Los vecinos se quedaron con la idea de que se durmió con un cigarro encendido y se prendió su colchón.

El día que se la llevaron, estaba necia con que en los lavaderos jugaba una niña con apariencia de globo, hermosa, transparente, y quería saber por qué no flotaba en el aire. Según ella, estaba en su derecho, pues la curiosidad no tiene nada de malo. ¡No se daba cuenta de por qué se asustaron las vecinas! Para ella, en su mente, si era niña de cristal, no le iba a pasar nada con un simple pinchazo. Tenía la tijera enarbolada cuando la madre de la criatura, muerta de miedo, le decía:

–Hola, Princesa, ¿cómo estás? Por favor, no le hagas nada a mi bebé–. La nenita, ajena al peligro que corría, jugaba con una jícara.

Cuando llegó la ambulancia todo mundo abrió la boca para criticar: que si salía desnuda, que si hablaba sola, que si sacó sus tijeras y las tenía siempre listas para amenazar con encajárselas a quien fuera, pero nadie protestó cuando tocaba a las puertas de las casas, vestida tan solo con una blusita hasta la cintura.

El Ginecólogo Astral y El que no Rompe ni un Plato se beneficiaron varias veces con el exhibicionismo de esta mujer. Se divirtieron oyendo sus historias del viaje a Woodstock y del camión psicodélico, del hombre de pelo largo, torso desnudo, con pantalón de mezclilla. Aquel primer jipiteca montado en caballo blanco, que la había llevado en ancas al paraíso de Avándaro.












domingo, 7 de octubre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


VI

Reputadísima logia

Hombres puercos que orináis
las paredes sin pensar,
mucho menos reparar
el daño que provocáis.

Si, con gran desfachatez,
regáis meados por doquier,
¿por qué rehusáis disfrutar
de la suave fetidez?

Pululáis por todo el patio
con vuestro quehacer inmundo,
y, con cara de iracundo,
preguntáis si alguien os vio.

¿Pues cómo ha de ser, menguados,
vuestro lugar impoluto,
si lo ensuciáis a lo bruto,
a veces, de dos en dos?

¿Procuráis que algún nagual
venga y retire la mugre?
¡Si vivís pegado a la ubre!
¿Qué os importa el lodazal?

Mirad bien que no os fijéis
si esto es insulto o lisonja,
¡seguid lo que se os antoja!
Buen trato recibiréis:

¡El que se da a un animal!

Estos versos aparecieron en el pizarrón de avisos del edificio. Todos se preguntaron quién podía haberlos escrito, pues estaban firmados con un seudónimo: Lalo K. En realidad hablaban de un problema que había causado estragos en el vecindario porque no era agradable ser recibido o despedido con ese olor demoniacal.

Aquellos que eran supersticiosos, empezaban sus labores con la certeza de que no era ya necesario que un perro los olfateara. La Ricachona de Aquí llegó al extremo de salir vestida toda de blanco, hasta con gorro albino y una bola de collares y amuletos. Parecía piñata. Su miedo andaba en burro, después, anduvo en taxi, pero llegó al paroxismo el día que vio, regada por todas las escaleras, tierra blanca mezclada con la que se usa para las macetas. La Gran Exponente del Agachonismo y Peleonería Vecindera fue la primera en escuchar a la asustadísima Ricachona y estuvo a punto de reírse en las narices de su apreciada vecina.

Horas antes, La Acarreadora de Chinches y La Suprema Reina de la Muleta Ficticia llegaron cargando, entre las dos, un macetón. A una de ellas se le resbaló y el tierrerío se fue regando porque se subieron rapidito a sus casas y jamás salieron a barrer. Pero La Ricachona, para diversión de su escuchante, seguía sin saber la historia y qué bueno que no vio, en ese momento, a La Suprema Reina; entonces habría comprendido por qué sus dominios eran de la Muleta Ficticia. Su invalidez no era un estado físico, era un modus operandi, y vaya que lo profesaba con enorme seriedad, pero el día del macetón hubo que echarse a correr, para no ser descubierta y que todo quedara en el extraño caso de las arenas desparramadas.



Así pues, La Ricachona salió como alma que lleva el diablo a buscar a una vidente, que, después de revisar el piso y las escaleras, aseguraba que lo blanco era arena de panteón, que alguien de ahí estaba deseando la muerte para todos los demás. Mientras tenía lugar una ceremonia para limpiar de malas vibras el edificio, todo el vecindario se preguntaba quién podía haber gastado el dineral que, seguramente, costó comprar, por lo menos, diez costales de cada cosa. El ritual finalizó con la colocación de una ofrenda frutal en la puerta del departamento de La Ricachona, a fin de que, quien comiera de lo que había en la canasta, quedara descubierto como el principal instigador del desorden. Dos horas después, la tal canasta estaba limpiecita y ni siquiera se reportó algún enfermo de la panza.

El caminito de tierra iba desde el garage hasta la entrada de un departamento del primer piso; esto abarcaba los lugares más utilizados por los meones. Viernes y sábados, ni qué decir. Empezaban las bolitas de chavos con sus chelas y sus monas y sus bachas, y no había más remedio que pasar en silencio, casi, casi, de puntitas; no fuera a ser que se despertara la ira de alguno de ellos, porque entonces la chorcha se convertía en retén y, para llegar a la casa, había que darles dinero. A mi me la perdonaron porque me llevaba con todos, pero, para el domingo en la noche, el edificio nada le pedía a Guanajuato. La pestilencia a orín era digna de un Festival Cervantino. Entonces, La Afanadora Constante entraba a rescatar nuestras atribuladas narices y el olor a cloro y detergente era recibido como una fragancia celestial. Lo que tomaron unos por tierra blanca y otros decían que era sal, en realidad era cal. Un costalito que traían las que compraron la tierra y el macetón y que se desfondó en el relajo. En otras palabras, quedó en el suelo el proyecto de cambiar de maceta algunas plantas y pintar de blanco los troncos de los arbustos que habían crecido en otros búcaros de la azotea.



La Afanadora Constante salió, después de la hora de la comida, mechudo y escoba en ristre, pero caminaba y barría con mucha dificultad, como si a cada paso estuviera empujando un bulto. La Ricachona no salía del asombro. Su vecina hablaba sola, tal como le habían dicho. Le exigía, no sabía a quién, que la dejara pasar. Y es que así era. Iba peleando con el dragón, que estaba decidido a no dejarla trapear:

–¡No, no! ¡No es justo! ¡No! –El reptil empujaba con todas sus fuerzas para regresar a su amiga a la casa–. Ya cumpliste; si lo ensuciaron, ahora ahí, hasta el otro domingo, ¡qué! ¡Además ni te pagan, punta de bolsones! –para dar por  terminado el forcejeo y la discusión, el dragoncito la tomó de las piernas, pero ella, más ágil, metió la escoba en medio del herraje del pasamanos y se aferró, de tal manera que, cuando el pequeño quiso emprender el vuelo, fueron bruscamente regresados al escalón donde La Afanadora había estado parada. La Ricachona, perpleja, no sabía si auxiliar a la vecina, llamar a alguna ambulancia o hablar de inmediato con un psiquiatra, pues nadie iba a creerle que vio a una mujer suspendida por los aires, como si la jalara un huracán, en un lugar que estaba techado. Entonces, cuando cayeron al suelo, La Afanadora gritó:

–¡Ya déjame! ¡Voy a trapear porque quiero, y quiero porque quiero!

Ante la contundencia de tales argumentos, al dragoncito no le quedó más remedio que ceder, pero eso no quería decir que se daba por vencido. Volaba por encima de su amiga y le acercaba la cubeta, el recogedor o lo que necesitara. La Ricachona de Aquí estaba a punto del desmayo, pues era impresionante ver todos esos objetos moviéndose solos para llegar a las manos de quien estaba limpiando.

Para no hacer el cuento más largo, La Afanadora se salió con la suya. Barrió las escaleras y amontonó la tierra en el patio. El dragoncito, entonces, se apoderó del recogedor y nunca dejó que su amiga concluyera el trabajo. Poco a poco, ella se fue dejando vencer por la fatiga y acabó sentada en los últimos peldaños. Escuchaba la arrulladora plática del saurio, que le narraba la historia de sus ancestros mientras construía, como niño en una playa, castillos con la tierra, la cal y los pedazos del macetón. Fue creando una aldea de la Europa medieval que terminó por despejar a la mujer que, de otro modo, se habría dormido sin remedio.


–Así eran las casas en mi país de origen –el alebrije señaló su obra–. Mis tatarabuelos llegaron con los primeros navegantes de Colón. Como no les gustaron las Antillas, aprovecharon que salía de Cuba una misión exploradora a cargo de Hernán Cortés. Ellos fueron los que le ayudaron a quemar las naves. Se enamoraron de la Gran Tenochtitlan. Les pasaba lo que a mí. No todos los podían ver.

En eso, llegó El Contemplador de la Luna con su telescopio nuevo. Ver a La Afanadora Constante olfateando, como perro, el montón de tierra y tepalcates, era de lo más risible y lamentó no tener una cámara fotográfica para retratarle las nalgas. Por esta vez decidió que no iría a la azotea a estrenar su artefacto y, después de colocarlo en su tripié, lo enfocó hacia la vecina, pero comenzó a ver el castillo, tal como lo había construido el dragoncito. La disciplina que mostraban las hormigas desfilando por las calles de ese laberinto, para llegar al agujero de siempre, por donde entraban y salían todos los días, fue algo sin precedente. La Ricachona de Aquí no resistió y le pidió al vecino que la dejara ver lo que él veía por el telescopio. El dragoncito, entre tanto, seguía con su exposición.

–Mis ancestros nacieron en la Galia. Allí no se inventó el dinero, pero fue de los primeros lugares del Viejo Continente donde se le conoció. Lo introdujeron griegos y cartagineses. A partir de ese momento existió la pobreza, se crearon los afanes de la gente y nosotros, que somos guardianes de todos los metales, empezamos a tener contacto con personas que vivían en Salzburgo, Luxemburgo, Hamburgo, Edimburgo, Brandemburgo, Estrasburgo, ¡puros burgos! Mis tatarabuelos también compadecían a la gente, hasta que sintieron que tenían, cada uno, como veinte metros de cola. Eran listos, porque se dieron cuenta y huyeron antes de que algo más grave pasara.

El Contemplador y La Ricachona, mientras tanto, estaban peor que los niños de los años 60, cuando se puso de moda “el cinito”, juguete que consistía en una caja con unos anteojos de aumento y una ranura para insertar el carrusel de diapositivas. Ese disco se movía con una palanca. Donde él veía hormigas, ella veía un lomo verde botella con escamas como signo de pesos:

–¡Ajá, sígale! ¡Como esta mujer no se largue, acabaremos todos iguales de enfermitos que ella! –sentenció El Contemplador.

–¡Bájale de volumen a tu radio! –Contestó La Ricachona–. Ni que fueras tan perfecto, ¡dirige tu cosa esa a la izquierda, para que veas! Es una alfombra como piel de dinosaurio, con signos de pesos en relieve, está bonita.

–¡No fuera siendo una alfombra! ¡Luego, luego se ve cómo entran y salen las hormigas del castillo! –El Contemplador ajustaba las lentes de su telescopio en la dirección que le indicaba La Ricachona, y nada de dinosaurio. A su vez, La Ricachona, se asomó a la lente y preguntó:

–¿Cuál castillo? ¡No seas buey! –Nunca se pusieron de acuerdo. 

–Se me hace que ya te vieron  –le dijo La Afanadora al dragón.

–No –contestó el animal–, aunque ella es consciente de su materialismo, no me puede ver completo. Y El Contemplador de la Luna, ¡ni con ayuda de su aparato me podrá ver en los próximos cien años!

En eso, La Ricachona dejó el telescopio y se acercó a La Afanadora:

–¡Oiga! ¡Usté es muy culta, oiga! ¿Por qué se impone a sí misma estas chingas maratónicas? –Preguntó con afecto, mientras se hincaba junto a La Afanadora, con intención de ayudarla a terminar de juntar toda la tierra y echarla a la basura.

–Alguien lo tiene que hacer –contestó la interrogada–, ¿a usted le gusta vivir en la mugre? –La Ricachona movió negativamente la cabeza. –Por eso lo hago. Y porque no puedo pagar para que vengan a hacerlo.

–¡Ay, pues nadie puede pagar aquí nada, oiga! –Dijo, con desparpajo La Ricachona. –Lo ideal sería que lo hiciéramos entre todos, pero nos pesa mucho, ¿verdad, Contemplador? ¡Mírelo! ¡No oye cuando no le conviene!



El aludido estaba absorto. Como faltaba poco para que anocheciera, quiso aprovechar la luz del día que quedaba para ver el desfile de hormigas a sus anchas y, una vez más, lamentó no tener cámara fotográfica. Cuando comprendió que ya no había suficiente claridad, dirigió hacia el cielo el telescopio, ¡y vio a los asteroides en órbita! Esto se debía a que el dragoncito se había puesto a hacer juegos malabares con los tepalcates, frente al aparato. La Afanadora, discretamente se reía. ¡No cabía duda! ¡Su amigo era un malandrín! Cuando La Ricachona quiso ver los asteroides, se encontró con que la zalea de dinosaurio la saludaba y le enseñaba el trasero. La Afanadora estaba, ahora sí, desternillada de risa. El Contemplador y La Ricachona, entonces, le reclamaron que se estuviera burlando de ellos, la increparon por engreída. Limpiar ocho pisos de escaleras no la hacía bondadosa, ¡nadie le admiraba eso! A lo más, era una burra que nació en el seno de la familia equivocada, puesto que sus padres gastaron fortuna y media para que estudiara en una escuela de las buenas, ¡y acabó viviendo allí, en esa ruina compartida con fracasados! ¿De qué le servía desconfiar? No era borracha, tampoco era ladrona, no era puta, ni lesbiana, ¡no era nada! La golpearon, a pesar de que nuestro saurio intervino con unas cuantas bocanadas de fuego dirigidas al castillo, que provocaron una humareda semejante al gas lacrimógeno, que no los hizo llorar, pero los puso a dormir.

El amanecer sorprendió a todos, acostados en el suelo, llenos de ceniza. La primera en despertar fue La Afanadora Constante, pero tuvo miedo de pisar los cuerpos de sus vecinos y se volvió a recostar. La Ricachona abrió los ojos y los volvió a cerrar. Abrazó al dueño del telescopio y apoyó en él la cabeza como si fuera una almohada. El Contemplador de la Luna, que también se había despertado, al sentir la presión en su vejiga se paró. Después de orinar junto a la toma de agua, recogió los implementos que le ayudaban a refrendar su apodo y se fue como si nada. A La Ricachona no le quedó más remedio que levantarse. Su cabeza rebotó en el suelo y era mejor bañarse, vestirse y salir al trabajo. La Afanadora, por último, contempló la tierra desparramada en el patio. Nada mostraba la evidencia de que allí se había levantado un caserío feudal. Volteó hacia la toma de agua. Los mosaicos que más trabajo había costado limpiar, ¡estaban otra vez mojados de orín!

–¡Ay, no! –se volvió a dejar caer. En eso, llegó el dragoncito y, como las mulas en las corridas de toros, arrastró a La Afanadora hasta su casa. No dejó de refunfuñar:

–Te lo dije, pero no entiendes, esto no es trabajo para ti, debiste dejar que limpiaran ellos. Por una vez en la vida que haga algo esa bola de inútiles, ¿por qué todo lo tienes que hacer tú? –Bla, bla, bla.., su voz se fue apagando por los pasillos, hasta que nada se oyó.







miércoles, 3 de octubre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


V

Delirios, delitos y deleites

Uno
Sobre el muerto, las coronas… y algunas flores también. Hay que buscarle lo bonito a los recuerdos. El Anciano que se Ostentaba como Dueño era un hombre extremadamente  flaco. Subía y bajaba escaleras con la agilidad de un jovencito. La Afanadora Constante conoció al señor por teléfono, cuando llamó porque vio anunciado en el aviso oportuno que allí se rentaba un cuarto. Una pequeña luz de esperanza brilló cuando escuchó a través del auricular que si usted me entrega dos rentas de depósito y la que va corriendo, firma contrato y no le pido fiador, ni confesión, ni nada. Hacía tres años de aquel suceso y La Afanadora Constante miraba con asombro. La gente bailando y divirtiéndose en grande, sin importar que, ese mismo día por la mañana, se hubiera propalado la noticia del deceso. Difícilmente aceptó que era ese, justamente, el motivo de la fiesta. Nadie apreciaba al Anciano y ella misma tuvo motivos para aborrecerlo. Sin embargo, no sintió la menor alegría, no pensó como sus vecinos y fue tan duramente criticada que, una semana después, al llegar de su trabajo, encontró que alguien forzó la puerta de su casa y sacó las pocas cosas de valor que tenía. No era la primera vez que pasaba. Llegó a ser el pan de cada día. En vida  Del Anciano, se supo de una inquilina del tercer piso a la que le vaciaron el departamento. Aquella Señora de la Grasa Corporal, que a veces contaba cosas, refirió que, ese día, El Anciano estuvo todo el tiempo en su balcón, como centinela. Era de aquellos que mandan dañar a la gente cuando no les cae bien.

Al vencimiento de su primer contrato, La Afanadora fue prevenida. El Anciano trató de recabar firmas para un escrito en donde solicitaría la intervención del cuerpo de granaderos para echarla, diligencia que no llegó a prosperar, porque nadie le firmó. Unos, porque no la conocían, y otros, porque tampoco la detestaban lo suficiente como para desearle ese mal, y a otros, simplemente, no se les dio la gana ayudar al pinche vejete. El caso es que El Anciano que se Ostentaba como Dueño, no siguió adelante por no contar con respaldo. Todo lo que hizo La Afanadora para ganarse tales violencias fue reportar un apagón. Así se supo que el edificio tenía una conexión clandestina y, desde entonces, cada bimestre llegaba la misma cuadrilla de trabajadores de la hoy extinta Luz y Fuerza a cobrar su propina, para seguir guardando silencio respecto a que nadie pagaba el suministro de electricidad.



Esa fue la herencia que El Anciano que se Ostentaba Como Dueño les dejó a sus inquilinos, pues no con el sensible fallecimiento dejaron de ir aquellos esbirros a recoger su tajada y seguir amagando, hasta que La Acarreadora de Chinches se armó de valor para ir a denunciar a los malos servidores públicos. Entonces les fue asignada una cuota mensual por concepto de consumos ilícitos, pero también se les explicó que su situación mejoraría: de ahí en adelante sus comprobantes de pago serían deducibles de impuestos. Ni así pagaron.


Dos
Cuando se ha pensado en el suicidio y no se consigue, las ideas mortíferas permanecen y los problemas emocionales se centran en cómo puede uno usar las tales ideas para beneficiarse, en vista de que ya se ha fallado en el intento. Meterse entre las patas de los caballos, para saber si patean, es indicativo de tendencia suicida; pero, sin ello, oficios como el de corresponsal de guerra no serían posibles. A veces los humanos son suicidas potenciales, de otro modo no se explica que se atrevan a recetarse lo primero que se anuncia contra la gripe o gastritis, cualquier bebida alcohólica o energética y, mucho menos, que guarden la medicina del año del caldo por si se vuelven a enfermar, ¡y la ingieran, sin más ni más, cuando creen necesitarla!

El pequeño dragón exponía su perorata, que él llamaba conclusiones. La Afanadora Constante, entre un escalón y otro, se preguntaba dónde había dejado la jerga, para improvisar un tapón y ponerle en el hocico al parlanchín que no la dejaba trapear. Más de una vez la puso en predicamento; pues durante la jornada de la escoba y el mechudo conversaban animadamente, pero los vecinos nada más podían verla y oírla a ella. Él, astutamente, se volvía imperceptible para los demás, pero no para mí, que tenía más que claro su rechazo, así que me conformaba con verlo de lejos. Por fortuna, mi vecina no siempre salía perjudicada, pues el hecho de que la vieran arengando a las paredes, había espantado al Representante Digno de la Erotomanía Tardía, que prefería quedarse con las ganas de pellizcarle las nalgas. También cooperó para poner en su lugar al Bull Terrier de Pacotilla, que bajó las escaleras muy orondo, mentando madres para apantallarla y rozarle el busto con el dorso de la mano; pero, al pasar por debajo del peldaño estratégico, el dragoncito le dio una patada a la cubeta. Además de bañado, el señor quedó con el mechudo de peluca. La Afanadora, seria y respetuosa, bueno, en realidad conteniendo la risa, le dijo que considerara la idea de usar bisoñé, pues le favorecía bastante.


Hasta unos días antes de que vinieran a llevarme, mi diversión favorita fue seguir a la ilustre fregona, en su ilustre tarea de limpiar escaleras, por eso pude saber muchas peripecias, como la de una tarde veraniega, en que Lady Manflower y La Última en Darse Cuenta de que le Estaban Poniendo los Cuernos, capitaneadas por La Acarreadora de Chinches, fueron, con su cubetita cada una, a donde estaban los botes en los que La Afanadora Constante almacenaba agua, pero se llevaron un chasco; pues, al quitar la tapa de uno de ellos, encontraron un letrero que decía:

¿POR QUÉ SIEMPRE VIENES A MIS BOTES? ¿EN SERIO CREES QUE TIENES DERECHO AL AGUA QUE YO ACARREO? ¡YA BÚSCATE UNA MADRE A QUIÉN CHINGAR!

Refunfuñaron al destapar una tinaja tras otra y leer letreros por el estilo.

El dragón, que no había perdido detalle y estaba doblado de risa por la rabieta que hicieron, al acabar de carcajearse, suspiró, pero se le salió una bocanada de fuego que dejó a las tres mujeres con unas cabezas como si hubieran recibido un flamazo del boiler. Jamás se hubieran dado cuenta, de no ser porque Don Mongelio se las encontró en las escaleras. El hombre puso cara de asombro y preguntó qué les había sucedido. Ellas no atinaron a decir algo, hasta que pasaron por la puerta de La Ricachona de Aquí, que tenía un espejo. Ahí pusieron el grito en el cielo, pero cerraron la boca. Decir lo que fuera implicaba admitir que intentaron robar agua de unas tinajas ajenas y no querían ser descubiertas, pues eran las causantes de la ola de saqueos en los depósitos de toda la gente.
        
Además de expresar sus disparates acerca del suicidio, el saurio de nuestro corazón –de La Afanadora y mío– gustaba de hacer travesuras, para que la gente viera que, quien limpiaba las escaleras y le brindó alojamiento no era la única loca allí.
        
Un día, El Empedernido Rey del País del Chipotle Vengador se encontraba pintando un carro de blanco, pero tenía destapado un bote de pintura roja. Nuestro pequeño travieso se echó un clavado, se sacudió como perro y, no contento con salpicar al pintor, caminó sobre el automóvil. Eso evitó una bronca a puñetazos. Su majestad El Empedernido y Rumiel Pómez, su ayuda de cámara, abrieron tremendos ojazos, porque nada más aparecían patitas rojas en la carrocería impoluta. Rumiel quedó tan afectado que fue derechito a la Iglesia a jurar que en un año no iba a beber, pero ahí no paró la diablura. Terminó de tocar fondo cuando el sacerdote le quitó el letrero que tenía pegado atrás:

¡P R E C A U C I Ó N!
Uso obligatorio de mascarilla de oxígeno
cuando la puerta esté abierta.

Las paredes oyen… y hablan. De este modo, La Afanadora Constante suele disfrutar uno de sus más caros placeres. Al escuchar lo que dicen dentro de los departamentos, piensa que el amor se da en maceta y que, para fomentar la amistad y la concordia, hay que repartir besos de Judas, al cabo que los romanos se consiguen en la Policía Montada durante la Semana Santa. El resto del año se pueden agarrar de caballito de batalla algunas habladurías que han sacudido indolencias por un tiempo: ay, a poco tú crees… fíjate que Fulana, Zutana y la viejilla… se están cagando allá arriba… Endana se acuesta… y Maru nos dijo… el Toño les cobra… Odricio, ni en cuenta… Imelda ya sabe… y en su casa lo agarraron… el otro día pintaron… y Perengana también… supiste que los del gas… es que se están escondiendo… otra vez las brujerías… y el día de la tapazón… la neutralidad no existe. Hay que integrarse al chisme. No dirá la verdad, pero calienta bien y bonito. Haya o no haya Internet, las redes de enfermación funcionan por el bien de todos, a fin de que los miércoles sean de Ceniza; los viernes de Dolores; los sábados de Gloria y los domingos, de Ramos. Quienes no aceptan el cristianísimo beso Iscariote, se llevan una de cal por lo que fue de arena, al fin y al cabo, lo que conversan La Afanadora y el dragón, ¡también se filtra por las paredes!



–Eso fue una burla –dijo el lagarto. –¿Cómo un consumo ilícito va a ser deducible de impuestos? ¿En qué cabeza cabe?

–Pues en la de ellos –contestó La Afanadora.

–Y en la de ustedes. Son tan tontos que viven pendientes de lo que pueden esperar del gobierno, ¡pero no se fijan en lo que pueden esperar de sí mismos! –El dragoncito brincó de su diván hasta el regazo de La Afanadora– ¿No te has puesto a pensar que la pobreza es torturante porque así se ha fabricado? La suciedad, la escasez de agua y espacio, la fauna nociva, son elementos conservados deliberadamente. A ningún gobierno le conviene que los pobres tengan una vida llevadera, ¡y menos que se acaben!
        
La Afanadora escuchaba atónita. El animalito pensaba mejor que ella y sus vecinos juntos. En realidad se había acostumbrado a vivir con la sensación de estar atrapada en una cárcel de juguete, pero en ese momento sus pensamientos cobraban vivacidad.  Ya en muchas ocasiones había observado la forma de las escamas del reptil; pero, esta vez, decidida, preguntó:

–¿Por qué tienes signo de pesos y centavos en todo tu cuerpo?

–Porque en mi piel se ha marcado la imagen de todos los afanes de la gente –contestó el saurio–, esta es mi verdadera presencia, pero solo aquellos que han logrado asumir su materialismo pueden verme tal cual.

–¿Quieres decir que todo se reduce a dinero?

–No es tan exacto considerarlo al pie de la letra, pero quien no es capaz de contemplar que el dinero es como el agua, nunca sabrá qué cantidad corresponde a cada cosa.
        
Era la primera vez que alguien, frente a ella, decía eso. Nunca se le había ocurrido contemplar al dinero como un recurso natural y hasta con ciclo de vida: ¿cómo imaginarlo en estado líquido, sólido o gaseoso? Aunque viéndolo bien, los bancos hablan del flujo de divisas y, ¡vaya que la hacen de pedo cuando se atrasa uno en el pago de algún crédito! Los lingotes de oro o plata y las Onzas Troy o los centenarios, difícilmente podrían compararse con cubitos de hielo, aunque hay gente que se ha quemado las manos viendo cómo se derriten.


        
En casa de La Afanadora, cuando era niña, el dinero era tema tabú al grado de que ni ella ni su hermana fueron enseñadas a manejarlo. Nadie la creyó capaz de exponerse, de darse mandarriazos con la vida. Estaban más que seguros de que el freno que le habían puesto disfrazado de valores iba a resultar. Su primer intento ya le había costado tener un bebé que no deseaba. ¡Ni siquiera hubo chance de ser novia del fulano! Daban por hecho que había doblado las manos, pero se llevaron un chasco. El cordón del rosario de miedos fue cortado y las cuentecitas rodaron por el piso de la sala familiar. Tías, hermanos, abuelos y otros miembros distinguidos resbalaron, cayeron y volviéronse a levantar. Los anatemas rodaron por el suelo y se escondieron debajo de los muebles en espera de que los nuevos miembros, al crecer, se los traguen enteros: hoy tenemos, mañana quién sabe… Así como subimos, podemos bajar de nivel… Las mujeres no tienen poderío económico a menos que se prostituyan… Los hombres tienen dinero, y son aceptables mientras lo tienen… El bienestar monetario depende de que haya un hombre en la casa, cuando no lo hay, se cae en la miseria y no se sale de ahí… Hay que esconder el dinero… Nadie debe saber cuánto gana, ni una misma… El dinero es cosa de hombres, pero no te lo creas. Nada más lo tienes que decir cuando estés  ante otras mujeres… Haz tu guardado y finge pobreza para que no te envidien… Tu progreso económico jamás dependerá de ti, siempre habrá fuerzas extrañas que te faciliten o te impidan el camino.

Hasta que llegó a la vecindad pudo tener acceso a la bola de supersticiones que albergaban sus familiares. Se dio cuenta de lo absurdo de algunas de sus conductas, de que el dinero uno lo olvida y no precisamente en algún monedero arrumbado. ¡Ya ni se acordaba de todos esos billetes y monedas de transición de pesos a pesos nuevos! Pero estaban ahí, la imagen reflejada en la sábana que el dragón había extendido era clarísima. El animalito hacía piruetas en el aire, de tal manera que se proyectara esa memoria escrita en letras y efigies de oro, plata, alpaca, cobre, aluminio, níquel… el dinero no es tan frío, muchos de los metales de que está hecho son elementos químicos y tienen su símbolo en la Tabla Periódica. ¡Importa mucho la vista en asuntos de dinero! Tanto billete y moneda juntos, era un verdadero taco de ojo. La Afanadora Constante sintió nostalgia por las monedas heptagonales de diez pesos, los “ojos de gringa” del 68, los veintes de cobre con la Pirámide del Sol, ¡los tostones grandotes con la efigie de Cuauhtémoc y su penacho descomunal!

–¡Las monedas bonitas no deberían desaparecer!– dijo La Afanadora.

–Al dinero le pasa lo mismo que al comediante –contestó el dragón–. Si no es aceptado, tiene que dejar de circular. Moneda que sale, es moneda que ya no vuelve,  aunque sea de oro.
        
Las imágenes de próceres de la historia desfilaban cronológicamente en la rústica pantalla. De repente, La Afanadora  estalló:

–¡Ahora entiendo por qué no alcanza el dinero! ¿Qué tanto nos perjudica no saber la verdad acerca de algunos personajes históricos, o conocerla a medias, y además rendirles un homenaje que no sabemos si lo merecen?

–¡Auuuch! –se quejó el dragón. Reparó en que su extinta cola había recobrado centímetros–. ¡No te vuelvas a lamentar! ¡Como me siga creciendo esta ancheta, me voy!
        
Para no verse comprometida en un lance mayor, La Afanadora Constante desvió la conversación hacia los apodos que solemos ponerle al dinero, palabras que sugieren abrigo, escurrimiento y el desempeño de una función de linterna no tan simbólica. La luz recorre una distancia de 300,000 kilómetros por segundo. Todos notan su presencia. Su ausencia es oscuridad: uno de los miedos universales. Qué maravilla que pudiéramos sentir que el dinero viene a nosotros con la misma velocidad, porque sentimos que así de rápido se gasta, y que tardamos años luz en recuperarlo.






martes, 25 de septiembre de 2012

Los nuevos señores, los nuevos villanos


IV

Criptozoológico.

Divagar es, a menudo, una sana costumbre. La Afanadora Constante echaba su mente a navegar por los recuerdos cada vez que tenía un problema. Así fue como encontró que lo más atinado era contarle al dragoncillo las anécdotas de toda esa caterva que, lo aceptara o no, ya era como de su familia. Ella también resultaba entrañable para todos esos seres dignos de sendas reseñas en un bestiario. No era gratuito que ya la respetaran. Se lo había ganado a pulso, después de soportar que La Última en Darse Cuenta de que le Estaban Poniendo los Cuernos la golpeara en el zaguán, además de amenazar con deshacerla en ácido, al más apegado estilo de las mafias que trabajan para lavarle las manos a alguna que otra celebridad que no quiere ensuciarse.

Le habló del tambo que permanecía en el elevador desde que sacaron a los jovencitos mariguanos. Lleno de ácido y ahí dentro, ni siquiera se percibiría el olor a cadáver. Se dejaría abierta la puerta de madera, labrada en sus buenos tiempos, que daba acceso al patio, que originalmente era de servicio, pero, por no funcionar el elevador, se había transformado en el paso de toda la gente, y se tendría una buena ventilación. No faltaría quién limpiara las escaleras. Lo que sobraba en el mundo, eran mujeres con mentalidad de sirvienta, pero ahí se le acabó el poder. Para cumplir promesas de esa índole se necesitan recursos que no tenía, cosa que hasta un niño de primaria podría ver. Lo que más lastimó su prepotencia, fue la serenidad con que La Afanadora escuchó, para responderle que por favor no la desapareciera. Adoptando las poses más teatrales de que pudo echar mano, preguntó:

–¿Qué vas a hacer sin mí? Piénsalo, ¿quién crees que se dejará madrear como me he dejado yo? ¡Ni creas que voy a permitir que le des a otros mis trancazos! ¡No seas ratera, faltaba más! –La Última en Darse Cuenta se dobló de la risa y, ¡santo remedio! La Afanadora Constante supo que no volvería a ser agredida. Tranquilamente recorrió los nueve metros de patio hasta las escaleras y desapareció.

Ante sí misma, La Última en Darse Cuenta no podía admitir que le encabronaba que vinieran hombres a preguntar por la del siete. Sin importar quiénes eran, lo mismo daba el galán, que el plomero o el cobrador. La enfurecía que fueran hombres y que la buscaran. Pero ya no fue necesario ningún examen de conciencia. Acababa de pasar el relajo que destapara a  Lady Manflower; así que, a los pocos días, La Última en Darse Cuenta se marchó del edificio, dejando a todos la encomienda de recordarla como paradigma de lo ruin y lo culero. Me dio tristeza. Su ausencia le quitó lo angustioso al ambiente. Ya no tenía que protegerme de nada y no tuve más motivo para seguir el trato con La Afanadora Constante.


La vida siguió insoportablemente tranquila, hasta que otro día, por ahí, Al Que No Rompe ni un Plato se le olvidó poner la bomba y estuvimos día y medio sin agua, hasta que Aquella Señora de la Grasa Corporal consiguió una llave maestra para abrir la puerta del garage y activar la bomba que subiría el vital líquido hasta los confines de la cisterna. Ella y La Afanadora entraron, pero una repentina picazón en las piernas casi les impide subir el switch. Salieron de inmediato, sin embargo, veinte minutos después, hubo que soportar otro escozor. El caso es que en quince días, La Afanadora Constante había sanado de los piquetes de pulga, pero no así Aquella Señora, que necesitó visitar al médico porque las ronchas le supuraban y descubrió que tenía diabetes. Desde entonces, comenzó a emitir comentarios venenosos y a demostrarle envidia a la que, más adelante, ocuparía su lugar en la faena de limpiar las escaleras. Su guerra para hacerla aparecer como una tonta no conoció cuartel.

Sumergida en la creencia de que la conserje era su amiga, la entonces futura  limpiadora de escaleras llegó una tarde a buscar a Aquella Señora para enseñarle la oferta que aprovechó del supermercado. Escuchó ruido de pleito. Al tocar, la puerta cedió y El Hijo de Aquella Señora, a punto de cachetear a su madre, abrió unos ojos descomunales y saludó con una sonrisita de conejo que no sirvió para disimular el momento, pues La Afanadora alcanzó a escuchar que era un maldito estorbo pendejo. La mujer gorda se abotonó la blusa, se acomodó el despeinado y puso a hervir agua para café.

–¡Saluda, tú! ¡Burro, pelado! –Dijo la portera, con disgusto. El muchacho inclinó levemente la cabeza. La Afanadora contestó de igual modo y luego dijo: 

–Si quieres, vengo al rato. Nada más quería enseñarte mi cafetera nueva. Es igual a la tuya pero más grande, ¡o ya sé! Subes mañana y te preparo un café.

–No, no, no, linda, no –contestó, zalamera, Aquella Señora de la Grasa Corporal– quédate, por la cara que tienes, pudiste traer algo más, ¿no?

–Pues sí, la cafetera está llena de sobrecitos del café que nos gusta y te traía la mitad. ¡Creí que nunca iba a tener esta belleza, pero sí se me hizo! –La Afanadora estaba feliz y contemplaba la caja en que venía empacada su adquisición.

–¡Ja, ja, ja, ya lo creo! ¡Después de la vergüenza que pasaste la semana pasada recorriendo tiendas a lo loco, ja, ja, ja! –Dijo Aquella Señora con retintín.

–¡Ora sí! ¡Ya voy a tener quién me haga mi cafecito express! –El Hijo de Aquella Señora había recuperado el aplomo. Desnudó con los ojos a la visita de su mamá. Eso desató los celos de la señora de la casa, que no tuvo empacho en recordar la hazaña de La Afanadora, quien, al ir de tienda en tienda buscando el anhelado cacharro, nada más consiguió que los vendedores se rieran de ella.

–¿Y cómo no se iban a pitorrear, mamacita, si te viste de a tiro de rebozo? ¿A quién se le ocurre decir quiero una cafetera pequeña, que es así como licuadora, pero no es licuadora porque es cafetera? ¡Ya ni la amuelas, mi reina!

–Bueno, pero ahora ya sé cómo pedirla, porque hay más grande que ésta y sí me la voy a comprar –dijo, tan contenta, que no reparó en que había echado a perder un encuentro incestuoso.

En realidad, lo que pasaba con La Afanadora era que, al igual que El Anciano, pero por diferentes motivos, tampoco tenía amigos y confundió con amistad la insana disposición de Aquella Señora para escucharla. Fue así como esa mujer, con su hijo, le creó una fama de chismosa no del todo indemostrable; aunque las confidencias hechas a la portera rápidamente se divulgaban en edición corregida y aumentada.


Ese día, horas más tarde, llegaba del trabajo El Que no Rompe ni un Plato, y se encontró con El Militante Seco de la Veneranda Orden de la Cruda Alegre, que no cabía en sí del orgullo, porque recibió su diploma de fin de cursos, en una escuela de esas que se anuncian con el slogan: “Aprenda inglés en dos por tres”. Ver llegar a su amigo, le sugirió la oportunidad de mostrar sus conocimientos y entonces, casi con altavoz, le preguntó:

–¿Cómo has estado, mi buen… qué te dice tu vecina la crazy? –antes de que el aludido pudiera contestar, La Afanadora, sabiendo que se refería a ella, contestó, a grito pelado:

–¿Hi, how do you do now, mi chaparrín? This is the crazy. ¿What do you think about our neighbor, the thief? ¡Así se dice “nuestro vecino el ratero” en inglés! –El Militante Seco subió a decirle unas verdades a la mujer, que ya lo esperaba sin inmutarse. En cuanto lo vio, La Afanadora preguntó por el estado de salud de su hermanito el drunk, y aclaró que that english word means borracho in spanish. Demostró que podía enseñarle, además, que puta es whore, por lo que mandó my regards to your daughter. El Militante Seco, entonces, más bien, escurrido, dio las buenas noches y se fue a dormir. Jamás podría competir con alguien que había estudiado su secundaria en una escuela bilingüe.

Schahrazada ante el sultán no hubiera sido mejor cuentacuentos. La Afanadora se regodeaba en los relatos para un visitante que no solo había instalado su mesa y su banquito, sino que estaba apoltronado en un divancillo plegable, como todas sus pertenencias, y con ello le había quitado tres cuartas partes del antecomedor. ¡Qué fastidio! ¡Casi no tenía espacio para poner su café y el pan a la hora del desayuno, pero no se atrevía a limitar al dragón! Después de todo, era el único ser que realmente la aceptaba, además de que no había nada de malo en ser escuchada y, de acuerdo con sus fantasías más íntimas, así como se sentía la diosa Perséfone cuando trapeaba las escaleras, con el pequeño reptil había chance de ser la ufanadora constante y sí que lo disfrutó. Cuando tanteó que su oyente estaría confiado, lanzó una pregunta:

–¿Por qué no tienes cola que te pisen? ¿Qué te pasó?

–Es una historia muy larga. Y sucedió aquí mismo. Tengo, en este edificio, mucho más tiempo que tú –contestó el saurio.

–A ver, a ver, ¿cómo está eso?

–Soy un ser que se abre paso a través de los afanes de la gente. Si no hubiera personas llenas de preocupaciones, no tendría forma de aparecer en ningún sitio, pero no en todos lados me aceptan –admitió el dragoncito, con un dejo de tristeza.

–Pues mira, si en dondequiera te portas como verdolaga en patio de indio…

–¡Oh, está bien, está bien! Acomodaré mis cosas –de inmediato, el animal  saltó de su diván y lo empujó hacia la pared. De ese modo quedó establecido que cada quien tendría 
la mitad de la mesa. En seguida se acostó para continuar sus historias. ¡La Afanadora se enteró en esa forma de cada cosa!


Aquella Señora de la Grasa Corporal que fingió trapear en tiempos del Anciano que se Ostentaba Como Dueño, no había sido, ni con mucho, la primera encargada de la conserjería. Hubo otras dos, más limpias y cuidadosas, que superaron, incluso a las lesbianas, en materia de meterse a robar en las casas. Pero también se encargaron de que la jardinera, hoy convertida en mini desierto cuando no en franco basurero, adornara la entrada al zaguán. Cultivaron un Teléfono, una Chismosa, una Millonaria y una Sábila. Puntualmente las regaban y se turnaban para lavar cada día las escaleras. ¡Ah! ¡Fue la bella época del edificio!

–¿Pero eso qué tiene que ver con que no tengas cola? –Preguntó, impaciente, La Afanadora.

–Para allá voy –contestó el dragón–. Las plantas son seres tan vivos que agarran poco a poco los defectos de quien los cuida. No les importaba que esas mujeres las hubieran plantado ni el empeño que ponían en que nada les faltara. Para todas, Venenice y Guarralumpen eran un par de rateras aunque nada se les había comprobado. No podían decirle a la gente cuántas veces las vieron ni aconsejarle a nadie que reparara en cómo se molestaban si alguien cambiaba la chapa de su departamento. Ningún vecino las apreciaba y ellas tampoco se querían. A menudo a una o a otra se les veía con moretones y rasguños y se escuchaban gritos y maldiciones por los pleitos que sostenían, hasta que una se suicidó. Entonces fue que perdí la cola y gané el marsupio.

–¿Qué? –El asombro de La Afanadora era grande.

–Paciencia, te estoy diciendo que la historia es larga. No vayas a creer que lamento la pérdida. Era una cola que me tenía esclavizado. Cultivo desde ese día la costumbre de no compadecer a las personas, porque no quiero que me vuelva a crecer. Entre más me entristeciera por el infortunio de los humanos, más centímetros alcanzaba. Tenía que enrollarla para poder caminar. Eso me agotaba; de volar, mejor ni hablamos. Aquella vez hice lo que nunca: cedí a la tentación y la desenrollé para sentirme relajado.

Más detalladamente, el dragoncito narró su tragedia. Estaba acostumbrado a posarse para tomar el sol en el pretil de la ventana de arriba del baño de la conserjería. De pronto, alguien jaló su cola y la amarró en un clavote. Y ni cómo voltear, porque sintió que perdería el equilibrio si osaba moverse. Nada más alcanzó a agarrarse de la ventila y recibió un jaloncísimo.  El estómago se le partió. Entonces, escuchó un golpazo y se descubrió liberado. Al fin pudo voltear. Guarralumpen se había estampado en el patio, con la cabeza en un charco de sangre. La mujer quiso ahorcarse y confundió con una soga la cola del pequeñín. El peso le reventó la panza. A la señora se le cumplió el gusto de morirse, pero fue consecuencia del batacazo.

–Venenice, en verdad lamento lo que ha sucedido –decía, cortés, La Gran Exponente del Agachonismo y Peleonería Vecindera, cuya ventana pagó los platos rotos del deceso que sería la comidilla en los siguientes seis meses–, pero, lamentablemente, la vida sigue y a los gastos del funeral, habrá que agregar los de la reparación de mi ventila. ¿Cuándo cree estar en condiciones de que hablemos de eso?

–¡Nunca! ¿Qué no está viendo que ni siquiera tengo para sacar a mi hermana del forense? ¡La echarán a la fosa común y ya ni modo! –la portera sobreviviente se escuchaba entre llorosa y enojada.

–Pues mira, si tu hermana no vale nada para ti es tu problema, pero mi ventana sí me la tienes que pagar. Yo no tengo la culpa de los pleitos entre ustedes ni le dije a ella que se matara –La Gran Exponente estaba decidida a cobrar.

–¿Usted qué sabe de cómo me siento? –preguntó Venenice, francamente enojada.

–Mira, conmigo no tomes esa pose de víctima. Esto no fue ningún golpe para ti, no te hagas  –¡sí que era buena La Gran Exponente para hincar el colmillo!

–Si fue o no fue un golpe, es cosa que a usted no le importa, ¡y no le voy a dar nada, vieja bruja! ¡Pídale a sus amantes, vaya a buscarlos y ruégueles, que yo no tengo la culpa de que ya casi no vengan, ni de que usted no se de cuenta de que ya le dieron la patada por vieja! –Eso calló, de una vez por todas, a la linda señora.

Guarralumpen debió ser más discreta, pero no. Tenía que dejarle a la gente su imagen llena de sangre, a su hermana más sentimientos de culpa, amén de una cartita repleta de tonterías. Además, ¡qué mal gusto! Se mató de una manera muy poco femenina. ¡Mira que darse un tortazo cuando podía haberse envenenado!

 –¿Que cómo fue el luto de Venenice? –dijo, con gravedad, el dragón. –Podría decir que se enfermó y se enfermó y se enfermó hasta que se la llevaron al  hospital y ya no regresó, pero eso es poco. Antes de irse, le hizo honor a sus apellidos. Se fue haciendo flaca y seca como leña y el día que se la llevaron en camilla los de la Cruz Roja, estaba horrenda de yagas y no se podía mover. Los quejidos llamaron la atención de La Ricachona de Aquí y La Madre del Salvador Fidedigno, que forzaron la puerta con la anuencia del Anciano que se Ostentaba Como Dueño, ese fue el que llamó a la ambulancia. No se volvió a saber de ella. El comedorcito que tiene Aquella Señora de la Grasa Corporal era de Las Porteras de la Maldad, con ese nombre también se les conoció. El edificio es más famoso desde entonces. La noticia del suicidio salió en la página roja de todos los diarios y se juntaba la gente en el zaguán para leer la esquela que La Gran Exponente pusiera en honor de la occisa:

“La  comunidad  de  vecinos  otorga  el  reconocimiento  Charles  Darwin  a  Guarralumpen  Leña  Horréndez,  por  contribuir  al  mejoramiento de la  especie  humana, borrándose  ella  misma  del  mapa.”