A esta hora del atardecer se antoja caminar por el malecón. Al fondo, puedo distinguir unos automóviles. Prefiero ver el mar. Y el Peñón. Mis abuelos me contaron que la tierra que se ve difuminada es África y que nuestra familia viene de allá.
Las cinco de la tarde es una hora preciosa. Es cuando el mundo empieza a hacerse dorado. Hasta que dan las seis y brillan las luces artificiales. Casi es hora de volver.
Tiene sus ventajas no alejarse mucho de casa, así puedo estar a tiempo en mi ventana y no me pierdo un espectáculo grandioso.
Un ferrari rojo y negro, más semejante a una lancha, espera a su conductor. Se que es así porque ya se han puesto otros carros estacionados en el mismo lugar, la casa amarilla con puertas cafés y ventanas blancas.
Llegó el conductor, alguien muy joven, no el de los otros días, que se tardó en encontrar por dónde meter la llave. Por fin la puerta se abrió, o mejor dicho, las dos puertas giraron hacia arriba, como alas de un avión y dejaron al descubierto un interior todo negro de asientos muy confortables.
El muchacho tomó el lugar del piloto y así, sin cerrar, arrancó. No duró circulando mucho tiempo. La Guardia Civil lo paró porque iba exhibiendo hasta la cajuela. Allí había una bolsa de dormir y dentro de ella, hecha ovillo, una mujer marroquí.
Me felicité por estar lejos y pertenecer a una comunidad emblemática. Eso me garantiza moverme con facilidad, pero también me asegura que este suceso no lo voy a poder escribir. ¿Quién leerá lo que cuenta un pobre mono de berbería?
Hojear de vez en cuando el diccionario particular. Revisar aquellos conceptos que alguna vez fueron “el coco”, para ver de qué manera siguen determinando los caminos que transitamos a la hora de escribir. Diseccionar las palabrotas, sacarles a los diablos que tienen escondidos, mandarlos al averno, soltar la pluma, ponerse día con día a muchas horas-nalga de distancia, para reírse a carcajadas de todos esos fantasmas.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
De luces, plata y tepalcates
-Vaya,
parece que tenemos la luna en casa. -dijo Froylán, con un dejo de
ironía. Aquella luz intensa, redonda como paréntesis emergente,
metió por la ventana, cual niño que invita a sus amigos, al azul
estrellado de la noche.
Era
imperdonable esa invasión al recinto, y, más imperdonable aún, que
ella lo provocó. Las cortinas se hicieron de amarillo y rojo
relucientes, el marco de la ventana se veía color de tierra y la
pared, ¡su pared azul celeste, volvía el lugar transparente!
¡Quería un sitio acogedor, no estar a campo traviesa!
En
la mirada de Enriqueta se podía leer que recibiría
más críticas. La nueva lámpara no había sido del gusto de nadie.
Jugó, nerviosa, con la toalla y el plato que estaba secando. Siempre
que la dejaban elegir la compra de algo, desacreditaban su esfuerzo,
pero esta vez sería diferente. Estaba decidida. Si Froylán no
aceptaba la devolución del dinero, le estrellaría el plato en la
cabeza.
miércoles, 23 de enero de 2013
Los nuevos señores, los nuevos villanos
XII
En última
instancia
Uno
La misantropía inventó los barrios y las ciudades perdidas. Lo vi clarito en ese lugar. Ahí estaba, todas las tardes, en la banqueta, la bolita de gente conversando. Parecían muy contentos. ¿Cómo podían llamarle a eso convivir? Los viejos que nacieron pobres, se mezclaban con aquellos cuyas destrezas habían dejado de ser necesarias en el mundo del trabajo y todos compartían sueños fallidos con glorias pasadas. Fue mejor, en realidad, que nadie quisiera hablarme. ¿Qué podía haber de positivo en sus conversaciones plagadas de frustración?
Allí,
los hombres jóvenes se quedan con la idea de que se vale soñar. Muy pocos se
dan cuenta de que mientras no emigren, estarán fantaseando. Crecen al muy
cuestionable cuidado de familias mezquinas; pero, una vez que deciden por sí
mismos, si no se van, tampoco se limitan a ayudar a sus ancestros en los
atracos que planean para agraviar al de junto: hacen sus parcelas en casa,
cultivan el don de la inoportunidad y, a deshoras de la noche, despiertan
felinamente al vecindario para cazar a un roedor.
El
Salvador Fidedigno fue uno de esos
niños que, de tanto fantasear, no se dio cuenta de que le hacía cosquillitas a
los cuarenta de edad. La Madre del Salvador, por su parte, presionaba a cuanta mujer sola estuviera a la mano,
porque ya estaba harta de cargar con el costal de mentiras en que se había
convertido su retoñito.
En
el edificio hay cotos de poder. El Salvador Fidedigno jamás ha encabezado
ninguno. El pobrecito es un papanatas. No se qué hará cuando se muera su madre
y tampoco me importa. Con toda seguridad, se sigue emborrachando mientras que
yo estoy en el medio al que pertenezco, muy por encima de toda esa
nauseabundez.
Para
esa gente, la vieja vecindad es algo así como la tierra de donde ya no pueden
separarse. De ahí que todos los marginados no se muevan, si no los mueven.
Cuando
los integrantes de ese vecindario llegaron a vivir al edificio, se quejaban de
todo; pero, gracias a la imprevisión del Anciano
que se Ostentaba Como Dueño, hoy gozan de un techo gratuito. Hasta podría
decirse que la muerte de ese señor sirvió para darles categoría. La
distribución del espacio se asemeja, desde entonces, a una aldea vandálica.
Empezaron a colocarse rejas, paredes de madera, cadenas y candados para enseñar
el propósito defensivo.
Un
signo de riqueza en cualquier vecindad es la posesión de botes, barriles,
cubetas, tinas, tinajas, garrafas y jícaras y todo lo que sirva para almacenar
agua. Con ellos se delimitan territorios y se puede construir verdaderas
fortalezas de plástico, protección a piedra y lodo contra bacterias, virus y
gérmenes. Todos tuvieron oportunidad de sentirse protegidos por algo muy
superior a la línea Maginot. En ese tiempo, La
Última en Darse Cuenta tuvo dos
perros y un gato que se le enfermaron de sarna. Murieron. Esa señora tiró en el
patio, sin más, los cadáveres infectados. ¡El vecindario completo se hizo ovillo
detrás de sus barricadas! Pero yo siempre estuve expuesta. ¡Mamá no fue para
mandarme ni siquiera una cubeta!
Las
viviendas, desde luego, tienen esa fisonomía de los antiguos vándalos: La Afanadora Constante decía que su casa
era La Casa del Rigor Científico,
porque tenía planta alta hipotética, es decir, su cama en alto, como litera, y
abajo el sótano, donde almacenaba un montón de cosas que de otra forma no
habrían encontrado acomodo. Y aunque el cuarto de junto no formaba parte de su
casa, estaba integrado a ese estilo: allí vivía La Vaca Echada que Nadie Quiere. ¡Sí que salía un olor a establo
cuando abría la puerta!
Extraño
mi época en ese edificio. De toda la gente que habita el lugar, la única que me
escuchaba de vez en cuando era La
Afanadora Constante. Con ella podía hablarse de temas que implicaran un
poquito de cultura. Ya dije que es una prófuga de la Colonia del Valle. No nada
más he sido hippie, drogadicta y borracha. Además de Princesa de las Corrientes Antipsiquiátricas y Contraculturales, soy
economista, pero eso nadie lo tomaba en cuenta dado mi aspecto desaliñado y
sucio. Si hoy me vieran, no me reconocerían. He vuelto a casa y tengo trabajo
con un amigo de papi.
De
todos esos horrores de cuando me drogaba, conservo el grupo al que voy. Acepto
el programa, lo que no me gusta es ser cristiana. Esa religión no se hizo para
reivindicar a nadie, fue una estrategia para dominar, muy conveniente para el
imperio romano. Una ideología sembrada en esclavos, en gente de bajos recursos,
baja moral y baja autoestima. ¡Gente de abajo, pues! En esos tiempos sucedió la
primera expansión de la industria, ya después llegó el siglo XVIII y con él
vinieron los métodos para culpar al pobre de su pobreza, al solo de su soledad,
al enfermo de su enfermedad…
Muchos
países hoy sufren una desintegración como Roma en los primeros siglos después
de la muerte de Cristo… la gran tribulación está ocurriendo ahora mismo:
ciudades abandonadas, gente que huye de sus lugares de origen porque de otra
manera no hay chance de vivir como humano. De los países que todavía son
comunistas, la gente no puede irse, o tiene que echar mano de una serie de
estrategias que rayan en la locura, o pasar por trámites oficinescos que hacen
de Kafka un escritor para niños. ¡Los ricos se han vuelto indolentes, quién lo
iba a decir! Tengo una prueba: ¡El Anciano que se Ostentaba Como Dueño no
arregló los papeles como heredero del edificio que perteneciera a su madre, por
desesperanza!
La
vecindad es un ser vivo, acechante. Cada conjunto de viviendas en mal estado,
cada edificio viejo, es una célula de esa cosa establecida en la que aprende
uno a menospreciar la honradez, porque equivale a sumisión. Pero tampoco gana
el más ratero, sino el que mejor maneja la doble moral.
Dos
A La Princesa le gustaba El Salvador Fidedigno, quien, después de un acostón, salió corrido del cuartucho por no querer entrarle a la piedra, y la flamante junior se quedó esperando sentada a que La Madre del Salvador la pusiera como lazo de cochino. Hubiera pagado por demostrar que no era regega, que estaba abierta a la negociación de un contrato de matrimonio. Sin embargo, en su fuero interno, ningún hombre valía la pena. Hasta que se dio cuenta de que en realidad, era ella la que no valía la pena para ningún señor.
No tenía más mérito que
el de ser hija de un hombre rico. A pesar de que manejaba una información de
historia del mundo muy superior a la que tiene el común de la gente, nadie le
hacía caso, tal y como admite ahora. Ella misma no se llegó a dar cuenta de la
envidia que le tuvo a La Afanadora, por ser ésta una trabajadora limpia, que se compraba sus cosas y hasta
se daba el chance de pagar a un barrendero, que llegaba cada semana a recoger
la basura de su bote.
¡Era una desharrapada
que deliraba en francés! Por eso entiendo muy bien Al
Salvador. ¡También yo dije patas, porque
aquí me matan! Para mí, vale más un ignorante que tiene quién le sirva, que un
gran sabio que no tiene un pan qué llevarse a la boca.
La
Afanadora Constante ha sido para mí una
gran compañera. Ha suplido con creces a mis amigas las plantas, esas que
cuidaban Guarralumpen y
su hermana Venenice cuando
eran las porteras. Afortunadamente, ninguna era capaz de entender en qué idioma
hablaban El Teléfono, La Chismosa, La Millonaria y La Sábila, lo cual
confirma que Dios no le da alas a los alacranes, ¡pues vaya que tenían una
larga cauda de pecados en su haber! Ellas aventaban cubetazos de agua para
limpiar las escaleras muy quitadas de la pena, y en sus meras narices tenían
lugar conversaciones tan picantes como ésta:
–¡Hummm! Por aquí ha
pasado cada cosa… –dijo El Teléfono con aire sabihondo– Si nosotros habláramos como la gente, ya se sabría
quién es esa mujer, las hermanas Leña Horréndez son niñitas de kínder a su lado.
–No exageres y
aterriza, –sentenció La Chismosa con retintín– no porque seas teléfono te sientas de Graham Bell, ¿eh?
¡Y mucho menos tan celular!
–¡Pinche chismosa!
–dijo, ofendido, El Teléfono, que ya tenía todas sus hojas vueltas hacia el envés, lo que equivale a
volverle a alguien la espalda. La Chismosa estalló en carcajadas:
–¡No me pongas esa
cara! ¿Cuántas casadas no engañan al marido? ¿O a poco no, Millonaria?
–Cierto, –contestó la
interpelada– un matrimonio sin sancho es una flor sin aroma, pero, ¡ah, pa’l
amante que se fue a conseguir!
–¡Oh, bueno! ¿Y qué
querías? Ni modo que le diera con El Bernal. –Repuso La Sábila– Dicen que El Licenciado de la Calle ahí le hace, pero el ganón es El Gachupín. Por mí, qué bueno que la pesadilla se acabó. Ya no soportaba todos
esos moñitos de colores y las embadurnadas de miel que me ponía, ¡y el mugroso Teléfono, que nada más se pitorreó de mí! –Esta vez,
el aludido se rió:
–¡Quién te manda ser
penca! –La Sábila
brincó, es decir, poco faltó para que se desarraigara del coraje:
–¡Mira, desgraciado, la
que te ofendió diciendo que eres de pacotilla es La
Chismosa, no te desquites conmigo!
En esos momentos yo
hacía las veces de réferi. Sin duda alguna, había cariño entre ellas, pero no
podían hacer otra cosa que traspalear los pleitos que heredaban, más que ver,
de los humanos que en ese tiempo habitaban el edificio. Todas las noches
platicábamos de lo que había pasado en el día. La conversación más sentida, fue
cuando se llevaron en camilla a Venenice. Para entonces, estaban medio secas y por
poco no alcanzamos ni a decirnos adiós. Nuestras chorchas se acababan al verse
el cielo todo negro, como de terciopelo, unos minutos antes de que empezara a
azulear, y si alguna duda quedaba respecto a que estuviera empezando el día, Bernal, el muchacho de la tienda con su diablito
cargado de cosas y Don Leodegario,
enfundado en su abrigo de todos los días, se encargaban de despejarla. Ellos
hubieran sido buenos amigos de La Afanadora Constante, que ahora debe estar en la delegación, sosteniendo un pleito grande
con La Vaca Echada que Nadie Quiere.
Al sentir la paz que se
respiraba debido a la ausencia de la vecina huevona y cochina, El
Representante Digno de la Erotomanía Tardía y
El Militante Seco de la Orden de la Cruda Alegre convencieron a La Afanadora
de abrir ese cuarto apestoso y hacer su vivienda más amplia. La casa de mi
amiga, hasta ese momento, había sido como un pequeño país independiente al que
no podían someter.
La
Vaca Echada, sin saberlo, sirvió de
carnada para lograr ese fin. Al regresar después de la ida a su pueblo, ver sus
cosas en el patio la hizo berrear del coraje. Bueno, lo que quedaba de sus
cosas, porque algunos vivos ya habían hecho su agosto. Hubo otro zafarrancho
digno de ser reseñado en el Órale,
pero, por desgracia, esta comunidad no pertenece al medio de la farándula.
Hasta la acera de
enfrente se escucharon los gritos de La Vaca Echada que
Nadie Quiere, secundada por La Vecina
de Todos Ustedes Menos Mía, que se hizo
pata en cuanto vio que La Vaca y La
Afanadora se dieron un agarrón de
vestidos rotos, vergüenzas de fuera y lo que ustedes, lectores, quieran
imaginar.
Lo peor fue cuando El
Salvador Fidedigno le restregó, a la
infeliz de La Vaca, en plena cara,
una bolsa de plástico, transparente, que contenía materia fecal de hace quién
sabe cuánto. Y había más, ropa interior sucia, rancia, cacerolas con comida
echada a perder y hasta una rata muerta. Con razón la pestilencia no se
acababa, ¡impresionante ver tanta porquería junta, por mis ancestros y mi nueva
cola!
La
Vaca Echada estaba tan acostumbrada a sus
plastas de cochinada, que no reconoció su licuadora, cuando La Acarreadora
de Chinches, descaradamente, la estaba
usando. No tenía luz en su cuarto y fue a pedirle permiso de conectarla a La
Suprema Reina, justo en el momento en que
empezó el relajo.
Cuando llegó la
patrulla y se llevaron a La Afanadora, El Representante
Digno, El Militante Seco y El Salvador Fidedigno se hicieron ojo de hormiga, pero ella tiene
suficiente dinero para ganar.
La
Vaca Echada, tal como su nombre lo
indica, no es querida por nadie. Sería más fácil decir, por ejemplo, a quién no
le ha robado ropa del tendedero. Eso es lo menos grave que ha hecho para
ganarse que ningún vecino haya ido a atestiguar que pertenece al grupo de
habitantes del edificio.
Las han dejado solas,
pero El Salvador Fidedigno de las Fuerzas Eléctricas y El Campeón de Levantamiento de Tarro, han acabado de limpiar el cuchitril.
También ellos están seguros de que La Afanadora saldrá victoriosa y en tal caso, nada más será cuestión de tiempo que
termine juntada con El Salvador, que
además de borracho, omiso y cobarde, es, como el papá de mi amiga, exigente de
la honra y desentendido del gasto.
Dado que el señor tuvo
el decoro de nunca estar en su casa cuando más se le necesitó, La
Afanadora Constante se debatía, desde su
niñez, entre el cariño y el odio. Con el paso de los años, al ir cediendo la
rebeldía, llegó a su mente la aceptación. Después de todo, no hay más cera que
la que arde y en los lugares como éste, es muy mal visto que se aspire a
florecer. Se logra sobrevivir. Pero, hasta eso, se debe minimizar.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Los nuevos señores, los nuevos villanos
XI
Diluyendo
la maldad
En
tu época de hija de familia, estabas ilusionada con el dinero,
aunque te creyeras angustiada por la falta de él –dijo
el saurio de nuestro corazón a La
Afanadora y
dio un sorbo a su café. Masticó rápidamente su galleta y continuó.
–¡Date
cuenta, dejaste tu lugar de origen nada más para repetir! Aquí, por
un golpe de suerte no pagas renta; allá, con tu gente, pensabas que
el dinero que aportabas sólo servía para medio ayudar con el gasto.
Ellos insistieron en seguirte manteniendo para que pensaras que lo
tuyo no servía. Es la mejor manera de inutilizar a una persona. Allá
aceptabas que tu familia te ninguneara; ahora puedes ir de rajiche a
la delegación y eso te da la idea de que te estás defendiendo. En
realidad, nada más ayudas a una bola de burócratas,
que
desprecian a todo mundo, a justificar el pan que se comen sin
merecerlo –La
Afanadora
brincó de su silla:
–¡Ah!
Entonces, ¿lo adecuado era dejar que Lady
Manflower
entrara a mi casa a robarse lo que le diera la gana? ¿Me estás
diciendo que debí quedarme de brazos cruzados cuando
La
Última en Darse Cuenta
me golpeó en el zaguán?
–Te
estoy diciendo que debes aprender a pagar con la misma moneda. Esta
gente está buscando que te tropieces. –La
Afanadora
frunció el ceño.
–Te
hacen y te hacen cosas para que vayas y estés allá, queja tras
queja, y el día menos pensado, te la van a voltear y quedarás
detenida. No te han perdonado que te hayas puesto del lado de La
Princesa de las Corrientes Antipsiquiátricas y Contraculturales
cuando
le vaciaron su casa, ni te lo piensan perdonar en lo futuro.
La
Afanadora guardó
silencio. Se bebió de un trago lo que restaba de su taza de café. Y
se mantuvo en la conclusión de que hizo lo adecuado. En la
delegación se levantó el acta en contra de la vecina que la
amenazó. Si fuera cierto lo que afirmaba su mascota, no habrían
sucedido las cosas como se dieron.
En
la audiencia con el Juez Cívico, La
Suprema Reina de la Muleta Ficticia se quedó sin habla. La
Afanadora Constante presentó una película en la que se veía a
la señora caminar por el pasillo sin sus muletas, además de subir y
bajar escaleras. En una toma cargaba dos cubetas llenas de agua; en
otra, subió peldaños de dos en dos y bajó con un montón de ropa
seca, por lo cual no se agarraba del pasamano.
No
pensó que su imagen fuera a ser apreciada por tan altas mercedes. El agente del Ministerio Público y su séquito de achichincles
miraban el celular en cuya pantalla lucía La Suprema Reina,
avejentada, pero muy fotogénica. Con sus dos cubetas de 20 litros de
agua cada una, hizo equilibrios y se dio el gusto de empujar, con un
puntapié, al pequeñito que gateaba por ahí. La Afanadora,
en pleno tribunal, se la sentenció. Si volvía a intentar algo en
contra de ella, le enseñaría el vídeo a la madre de ese bebé,
¡para que deveras tenga por qué andar con muletas, vieja
simuladora horrible!
Y
así, la vieja simuladora sintió tan horrible que regresó al
momento en que cargaba toda esa ropa seca. El aroma del suavizante la
hacía feliz. Por eso era la expresión tan contenta. Ni se dio
cuenta de que estaba siendo filmada. Ahora lo venía a saber y se
sentía impotente.
Así
se redujo a nada su condición de minusvalía y, aunque se aferró a
su reinado, se le vino abajo el sueño de sacar, por ese medio, una
pensión que el juez podía haber determinado que pagara La
Afanadora.
Eso
explica por qué mejor se les dice discapacitados:
diz que están capacitados para estorbar con armatostes, para
dar y recibir lástima y encontrar tontos que les resuelvan la vida a
partir de sentimientos de culpa. ¡Sí que tienen capacidades
diferentes! ¡Son expertos en preservar el resentimiento social! Un ser como La Suprema Reina no podría existir
si la condición de inválido no fuera, en realidad, envidiable,
aunque menos digna que la de un animal. Porque a éste se le
sacrifica si tan solo se rompe una pata. Quizá no haya sido tan
errática Esparta con su roca Tarpeya. Tal vez, lo bondadoso, en realidad no es tan bueno…
Ambas
quedaron advertidas, por igual, de no ofender. Pasaron algunos días
y sucedió lo que nunca: ¡La Suprema Reina se levantó
a las cinco de la mañana y comenzó a lavar su tambache de ropa!
Tenía todos los lavaderos ocupados y no había sitio para nadie más.
El dragoncito empujó la lavadora y buscó un sitio que quedara cerca
del caño para dirigir ahí la manguera del desagüe, todo esto ante
la vecina atónita, La Afanadora, mientras tanto, sacó
sus cordones, conectó el aparato, lo llenó de agua con jabón, echó
la ropa y, ¡chin! ¡Estaba roto el cordón de tocar tierra!
La
Suprema Reina
esbozó una sonrisa burlona, pero La
Afanadora,
sin decir nada, sacó un cuchillo y un desarmador, peló algunos
cables de ese cordón y volvió a amarrarlos. Una vez sellados con
cinta de aislar, echó a funcionar la máquina. Eso dio al traste con
la alegría de La
Suprema
Reina,
que se quedó con las ganas de unos buenos catorrazos que sirvieran
de pretexto para volver con el juez.
Dentro
de las abominables paredes del edificio, hay iniciativa privada. La
vivacidad, en estos sitios, florece en todo su esplendor, al
aprovechar las coyunturas de hacerse de bienes materiales, al ser
capaz de confiar ciegamente en un tramposo, de sonsacar al galán de
la vecina para obtener la llave de su puerta, de agilizar la mente en
la creación de mitos y manías, especialmente cuando se anuncia
algún ajuste de cuentas; de inventar sencillas tácticas para
amenazar con madrazos y lograr que las mulas hagan el trabajo sucio.
Siempre hay algo productivo, como celebrar, con quien se deje, tratos
que más parecen una película de aventuras. La última aún se
comenta, pues hubo todos los elementos de un gran episodio de
policías y ladrones: sexo, dinero, una dama en apuros, un villano y
un rescatador.
Todo
transcurría como siempre en el humilde vecindario. De pronto, se
escuchó por todos los pasillos una voz de mujer que gritaba:
“¡Güero, güero!”. Y el güero nunca llegó. ¡Vaya! Ni
siquiera dijo “aquí estoy”. Por las señas particulares que daba
la mujer, La Afanadora dedujo que se trataba Del que no
Rompe ni un Plato, pero se guardó muy bien de decir algo. El
caso era que esa mujer buscaba al güero incapaz de romper un plato,
porque le había entregado diez mil pesos a cambio de un
departamento.
La
transacción se celebró dos noches antes, en el garaje del edificio,
en la parte de los tinacos. Mientras el güero tomaba el tiempo, ya
que se encargaba de poner la bomba, convenció a la mujer para que le
entregara todos sus ahorros: al cabo te vas a venir a vivir a un
lugar mejor y te vas a quitar de pedos, aquí tú, tu situación y
ya. Acto seguido, se la cogió y la infeliz partió con una bola
de fantasías en la cabeza, pero, dos días después, o sea en ese
momento, enfrentó la realidad. El camión de mudanzas esperaba la
orden para empezar a bajar los muebles y El que no Rompe ni un
Plato jamás apareció. La ilusionada mujer no solo no tomó
posesión de ningún departamento. Ahí supo que había sido
estafada. Desde entonces, esa parte del garaje es conocida como Los
Tinacales del Amor.
El
que no Rompe ni un Plato omite
mencionar que, una semana después, hubo balazos en las escaleras
para que devolviera, al menos, la mitad del dinero. Los niños y
–créase o no– algunos adultos, estaban felices porque vivieron
momentos de emoción como si fueran de una serie del oeste. ¡Igualito
que en la tele!
Y
por increíble que parezca, sí hay nuevos inquilinos. Compradores de
buena fe que obtuvieron, junto con el pedazo de aire y concreto
adquirido, las broncas del vendedor. Incautos que han entregado
cifras estratosféricas de dinero por un cuarto o un departamento,
para caer en la cuenta, con el tiempo, de que nada más pagaron por
ponerse en medio de un juego de pelota y nunca tendrán chance de
investigar la procedencia del pelotazo.
Ardelina
Borregán platicaba
con El
Viejito de la Casa de Junto. En
la azotea de ese señor estaba el cadáver de su gatita, a la que
buscaba desde hacía una semana. Se había dado valor para correr a
su Ginecólogo
Astral,
pues pensó que él había echado al animal a la calle, pero ya
revisando, vio la pared del edificio, que mostraba las marcas que
había dejado su mascota al intentar agarrarse con las uñas. Había
sido arrojada desde la azotea y el mariguano que vivió en su casa
era demasiado perezoso. No era lo mismo subir ocho pisos para fumarse
un carrujito, que ir, por todas esas escaleras, luchando con un gato.
Por lo tanto, no había sido él.
Una
y otra vez recorría con la mirada el surco dejado por ese ser que se
había ido para siempre, como queriendo ver quién había tenido el
corazón de correrlo de este mundo así, sin más y, al estar
imaginando, creía ver unas manos femeninas cual tenazas, sujetando
esas cuatro patitas, haciendo oídos sordos a cualquier maullido que
la infeliz criatura se hubiera atrevido a emitir. Fue todo lo que
pudo averiguar, pero bastó y sobró para echarle la viga a La
Centroamericana que Recién Llegó.
Decidida
a vengar la muerte de su minina subió, pero no encontró a la
susodicha, sino un tendedero improvisado en el mismo lugar en que La
Afanadora Constante dejaba, alineadas, sus tinajas de agua
limpia. Era de la nueva, sin lugar a dudas, porque había pañales y
zapatitos de estambre escurriéndose y nadie más tenía bebé. Sin
pensarlo, cortó el lazo con las tijeras que llevaba. ¡Eso fue mejor
que encajárselas en la panza! Además, quedaría protegida. Estaba
asegurado que La Afanadora cargaría con la culpa. ¿Qué otra
cosa pensaría la culera Centroamericana? Según ella, no
había pierde; pero no contaba con que el dragoncito la vio.
A
una palmoteada del saurio, cuerda y ropa volvieron a la normalidad,
en las narices de la resentida. Pero eso no fue todo, cuando Ardelina
optó por huir, el dragoncito la persiguió y le echó tres o
cuatro bocanadas de lumbre directo a las nalgas, para que se fuera
educando, por lo que pasadas unas horas, cuando La Afanadora
llegó, después de la chamba, todo estaba en paz.
Una
noche en calma, era un garbanzo de a libra. El folleto que le habían
regalado tenía un artículo que resultaba interesante, aunque en
realidad no decía nada nuevo para ella. Sin embargo, se detuvo en un
párrafo. Para su gusto, era tendencioso: “…una
imagen negativa de la mujer pobre que evoca con claridad la imagen de
las madres pobres: inmorales, alcoholizadas, despreocupadas de sus
hijos…” pero
decía, entre líneas, una verdad. Las mujeres, para tener un poco de
dinero, tienen que estar solas, lo que se dice huérfanas. Nadie debe
depender de ellas y, aún así, apenas hay para irla pasando.
Había
vuelto a la lectura para no hacer corajes, pues eran las tres de la
mañana y había sido despertada por unos toquidazos a la puerta: El
Salvador Fidedigno, en su estado natural, entiéndase de
ebriedad, tamborileó hasta el cansancio. La Afanadora
Constante se mantuvo quieta y callada hasta que el clon etílico
de Romeo se fue a tiznar a su madre.
Ser
mujer sola y vivir en una vecindad es bastante peligroso, más cuando
se ha rebasado la treintena. Ya había tenido que sufrir
interrogatorios al respecto, por gente que hasta quería comprobar
que en realidad era miembro activo del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, pero nadie como La
Madre del Salvador Fidedigno de las Fuerzas Eléctricas,
que se atrevió a decirle que estaba de remate si pensaba que a su
edad se iba a encontrar algo mejor que su hijo, a lo que La
Afanadora había contestado que más loca estaba ella si
pensaba que, a su edad, estaba afanada en buscar un marido, y agregó:
–Mire
señora, para mí, el mejor partido es aquel que tiene a su madre
muerta. Así que ya lo sabe, si en verdad quiere que acepte a su
hijito, ¡haga ya lo que tiene qué hacer! –y le dio con la puerta
en las narices.
Si
había llegado a la edad que tenía y seguía siendo soltera, su buen
trabajo le había costado y, si era cierto que nadie la había
querido por mujer, como le gritaron por ahí, pues qué suerte había
tenido, porque si ya estaba en la basura, santo y bueno. ¡Pero sola!
Nunca refrendaría la basura con casorios o arrejuntes. Al fin y al
cabo era de su conocimiento que, ni fue educada para ello, ni se le
iba a acercar alguien que realmente la ayudara a mejorar de nivel.
martes, 27 de noviembre de 2012
Los nuevos señores, los nuevos villanos
X
Mensoginia
a flor de piel
La
gran olla de barro, despostillada y con las escurridas de que alguna
vez fue curada con cal para que no trasmine su contenido, venía
siendo un toque de alegría en esa pequeña mesa repleta de cosas. La
flor amarilla con hojas verdes dibujada en su panza cooperaba en
mucho para que así fuera. Apenas quedaba un huequito para dejar a
las notas de la farmacia que alternaran con la comida, el salero, los
cuchillos y los muebles del dragón. Un paquete de tostadas a
tres cuartos de consumir esperaba pacientemente a ser abierto de
nuevo. La envoltura lucía como rumbera,
con su gran tocado amarillo y la falda verde. Lo maravilloso de estas
cosas es que son efímeras, pero de presencia fuerte. Como las tazas
que pendían de los barrotes de la ventana.
Nuestro
pequeño saurio trabajaba atareadísimo en ese rincón, que era el
lugar más cálido de la casa de La Afanadora Constante.
Más cálido aún que la misma estufa, si estuviera prendida. Había
puesto el despertador a las cinco de la mañana y preparaba un manojo
de ruda, como alquimista
moderno, de acuerdo con la receta de sus antepasados para ayudar a la
gente a recuperar el dinero perdido. Sabía que los pobres viven con
la sensación de que nunca les pagan lo justo o, más bien, nunca les
alcanza porque reciben lo justo a cambio de su trabajo.
La
tradición indicaba que la ruda, para que surta efecto, tiene que ser
regalada o robada de algún jardín. Esa es una de tantas engañifas
que han servido para decirles a los miembros de la sociedad, de
manera subrepticia, que la honradez consiste en seducir, merecer que
le regalen a uno los implementos para la supervivencia y que, si no
se cuenta con ese carisma, es válido robar. En realidad, lo
inteligente es sembrarla. Así lo hizo La Afanadora,
pero nunca le atinaba a la cantidad de sol que necesitaba la yerba.
El animalito la había asesorado: si lo que se siembra es ruda macho,
el sol debe llegar por la izquierda del jardín y, si es ruda hembra,
por la derecha; pero, a cada intento, seguía una semana de cuidados
y la planta estaba totalmente negra, carbonizada. La tercera fue la
vencida, porque La Afanadora puso una pequeña lámina
transparente como techo para la maceta y eso dio una protección de
invernadero que le permitió a la nueva ruda crecer frondosa, lo cual
despertó en la mascota la sospecha de que ya había rudas gay, y qué
mejor momento para confirmarlo que esas deshoras de la madrugada.
Rápidamente desechó tal pensamiento. El tiempo apremiaba. La vela
blanca y la amarilla estaban encendidas. Sólo faltaba el recipiente
de madera que no aparecía por ningún lado. Cuando al fin lo sacó
del cajón de las tapaderas, las velas ya eran pabilos; pero, de
cualquier manera, salió a cortar una rama e inició su ritual.
Cubrió el fondo del recipiente con la planta y, como si estuviera
apisonando uvas para el vino, se metió a la ensaladera, como niño
sobre un colchón, brincó sobre la cama de tallos y hojas y, de vez
en cuando, se sacudía como perro. Las escamas, al caer, sonaban cual
pesos y centavos en el juego de águila o sol. Pronunció
entonces las palabras del conjuro, que harían de aquella pasta de
hierbas un poderoso amuleto contra envidias, además de un imán para
el dinero. Cuando la ruda adquirió el aspecto de un tejido de palma,
el dragoncito hizo una especie de mixiote para que no se salieran las
escamas, que, al contacto con la madera, se convirtieron en veintes,
quintos y tostones de cobre.
Hasta
ahí, todo iba bien. El problema comenzó cuando quiso abrir el
monedero de La Afanadora. De acuerdo con sus
conocimientos, el envoltorio debe llevarse ahí para asegurar su
eficacia; pero, como encendió las velas en plena oscuridad, nada más
había sentido que la vela amarilla quedó sobre un lugar blando. No
le dio mayor importancia porque no se le iba chueca; mas ahora, que
iba a dar fin a su trabajo, ¡el monedero estaba sepultado en la
parafina derretida y era imposible abrirlo! Inmediatamente buscó una
cuchara para servirse de ella como de una pala. En esta forma,
despegó la plasta de la mesa; lo siguiente, era ponerla en una
cacerola con agua, llevarla a la estufa y prender a todo fuego hasta
que el agua soltara el hervor. Era lo más rápido y seguro. A
bocanadas, terminaría quemándolo todo y más cansado de lo que ya
estaba, pasaban de las tres de la mañana. Al empezar los borbotones
en la cacerola se despegó el monedero, que de inmediato fue puesto a
secar junto al paquete de tostadas. El mixiote mágico fue a dar al
frutero, con las cebollas, plátanos y jitomates. Nuestro saurio,
entonces, se tendió cuan largo era en su diván y se entregó al
merecido descanso.
La
Afanadora Constante
dormía con placidez, pero despertaría a la hora convenida. Había
otro ritual que ella y el dragón hacían diariamente, para que no se
obsesionara con la falta de billete. Creo que, más bien, los rezos y
los sahumerios eran parafernalia. Hubo plata en la casa a raíz de
que se volvió menos desvelada. Después de todo, el dicho afirma que
el que
temprano se moja, tiempo tiene de secarse,
y aunque la Afanadora
era de la idea de que no
por mucho madrugar amanece más temprano, terminó
por convencerse de algo muy cierto: cuando hay problemas monetarios
no quedan mas que dos opciones: levantarse
en armas o levantarse temprano.
La traducción de esto a lenguaje esotérico es: al
que madruga, Dios lo ayuda.
El
despertador sonó tal y como había sido programado, pero su timbre
no fue lo que despabiló a La Afanadora y a su dragoncito,
sino los golpes en la puerta que, sin querer, había dado Lady
Manflower. A ella también le dio por despertar a las cinco de la
mañana, para dejar en la puerta de su enemiga toda clase de objetos
raros y sortilegios que, día con día, le eran devueltos sin que
mediara palabra. Sencillamente, La Afanadora o el dragón
barrían las basuras de la puerta y las arrinconaban donde vivía la
vecina.
Nunca
habían visto a alguien que tuviera tan arraigada la idea de que es
malo ser mujer, como Lady Manflower. Si sus familiares no le
atribuyeran o, mejor dicho, le exigieran la fuerza y la valentía de
un hombre, y si ella no se hiciera la ilusión de que consigue ambas
cosas, hace mucho que habría seguido el ejemplo de Guarralumpen
Leña Horréndez, ¡solo que no contaría con mi cola! decía, en
tono de broma, el dragón.
En
realidad había que agradecer la presencia de gente así, que quiere
hacer daño, pero lo más que consigue es provocar risa. La
Afanadora se carcajeaba mientras el dragoncito seguía con su
perorata, y en mucho, tenía razón. Lady Manflower desprecia
a todas sus congéneres porque no ocultan ni minimizan que son
mujeres, aunque sepan que las discriminarán. Cuando las ve pintadas,
acicaladas y con sus faldas multicolores, siente que tienen algo que
a ella le falta, que ni aún robando podrá recuperar. Lo peor de
todo es que conserva la fantasía de que si, al nacer, hubiera sido
niño, la familia la habría aceptado y la trataría bien. ¡Ja!
¡Ahorita! ¡Sí! ¡Cómo no!
Esta vez, La Afanadora Constante no buscó ponerle a su mascota ningún tapón en la boca. Lo que decía de la vecina era verdad, cualquiera se daba cuenta. Con tal de victimizarse porque era mujer, Lady Manflower había sido capaz de renunciar al desarrollo de un oficio, pero en cambio, alimentó un ofidio: cada vez que veía trapeando a La Afanadora Constante, se burlaba de ella en pensamiento, palabra, obra y omisión.
La
del siete era una incapaz, no era más que una loquita que volaba p’a
limpiar la escalera, que quitaba dos que tres brujerías y barriendo
aquí la sal, se encontraba tierra allá, ¿y los fantasmas? ¡No los
pudo pepenar! ¿De qué podía estar orgullosa? No la andaban
buscando, ni un estéreo se vino robando, ni mató a una señora en
la calle y ni la puerta desvencijaba. Era una pobre, ahí, solitaria.
No tenía la prosapia de Lady Manflower y sus hermanos, pues
cuenta la historia que asaltaban en las escaleras, que aventaban
muebles desde arriba, ¡que a una patrulla sí la aplastaron! A pesar
del desagrado, hablaba y pensaba en verso, como Lalo K lo
hiciera la vez que puso el letrero por aquellos hombres puercos que
orinaron el zaguán.
¡Como
yo también lo hacía por todas esas canciones que nunca pude
olvidar! ¡Cómo extraño, aún ahora, las noches maravillosas en ese
inframundo lleno de colorido y ventura! En el edificio pobre que
alguna vez fue de ricos, donde pululan recuerdos y se cobijan
ensueños, donde el pan se multiplica aunque los peces no se hallen.
La
Acarreadora de Chinches todavía
no confirmaba, pero tenía la sospecha: La
Afanadora
Constante,
¡también mataba a los gatos! Soñó que el suyo le hablaba, le
señalaba esa puerta, la casa de aquella mustia, ese lugar que sentía
como si fuera su casa, con una intrusa ahí, dentro, difícil de
eliminar.
A
jicarazos, Lady Manflower iba deshaciendo el chongo sostenido
con jabón. La rosa roja tatuada en su espalda, a la altura del
hombro izquierdo, quedaba más luminosa a medida que caía la espuma.
El agua hacía la develación de un cuerpo blanco, turgente, esbelto
y una hermosa mata de pelo ondulado, castaño, hasta la cintura.
Afuera, las escaleras lucían como tacita de plata. Entonces, se
escuchó el grito:
–¡Ayyy!
¡Nooo! ¡Qué cosa tan horriiiibleeee! ¡Auxiliooo! ¡Por Diooos!
¡Por favooor, venga alguieeen! ¡Ayúdenmeeee! –La
Afanadora
Constante y
La
Acarreadora
de Chinches
se miraron perplejas. ¿Qué podía haber en el baño para que la
valiente Lady
Manflower
perdiera los estribos? Se acercaron. La
Afanadora preguntó
si podía ayudar en algo. La mujer, envuelta en una toalla, salió
como tapón de sidra. Estaba aterrorizada y señalaba hacia la
coladera.
–¡Ahí!
¡Ahí! ¡Ay, Dios mío!
–Pero,
¿qué es? ¿Qué viste? –preguntó La
Afanadora
sorprendida.
–¡Ahí,
ahí, mira, ahí! –decía Lady
Manflower,
presa, aún del terror. La
Afanadora
no
percibía ninguna señal de peligro. Solamente se veía el baño
anegado.
–¡Ahí
está, ahí está! –dijo Lady
Manflower. La
Afanadora
entró mientras preguntaba si era un ratón o qué. Quitó la tapa de
la coladera, metió la mano y sacó un manojo de pelusa y cabellos.
El agua se fue de inmediato. Entonces comprendió la estrategia de la
vecina, que ya se alejaba muy mátalas
callando.
La
Acarreadora
de Chinches
también se dio cuenta y le cortó el paso.
–¡No,
no, no! ¿A dónde te crees que vas, mamacita? –Le dio coraje nada
más de pensar que se lo hubiera hecho a ella. La
Afanadora
alcanzó a milady y le puso la cataplasma en el pelo.
–¿Esto
te daba miedo, pendeja? –Lady
Manflower
se le quiso ir a golpes, pero La
Afanadora
sabía torear. La dejó llegar y cuando le soltó el manotazo, la esquivó. En una
de esas, Lady
Manflower
perdió el equilibrio porque se le movió una de las chanclas de hule
que llevaba, y La
Afanadora aprovechó
para jalarle la toalla y aventársela a un charco de lodo. Al
agacharse milady a recoger su prenda, cayó redondita por el empujón
que recibió. La
Acarreadora
de Chinches
le aventó una cubetada de jabonadura. Desnuda y más sucia que antes
de entrar a bañarse, Lady
Manflower
lloró su derrota.
Hoy
me da risa recordar estas cosas. Siempre me achacaron que sobajaba a
las vecinas. Que las desgreñaba con palabras cuando hablaba de
ellas. Creo que, en el fondo, envidiaban mis buenos modales. Según
ellas, yo sentía un íntimo deseo de pertenecer a ese grupo. ¡Desde
luego que nunca! Ya parece que me iba a estar rebajando a tratarlas
como iguales si no lo éramos. No es lo mismo estar de paso en un
lugar, por circunstancias ajenas, que ser una mierda de ese lodazal.
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